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Internacionales

Colombia, un espejo roto de la violencia política

El asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay es un golpe a toda América Latina.

Publicado

en

Por Silvana Reñones (*)

El reciente asesinato de Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial en Colombia, es un golpe que nos resuena a todos en América Latina. La bala que silenció su voz no solo arrebató una vida, sino que nos recordó, una vez más, que la política y la muerte, en nuestra región, suelen caminar de la mano.

El caso de Uribe Turbay es particularmente trágico. Siendo apenas un niño, vio a su madre, la periodista Diana Turbay, ser víctima de la violencia. Lejos de buscar venganza, optó por la política para honrar su legado.

Su muerte, ahora, deja huérfanos no solo a su familia, sino a toda una nación que enfrenta los fantasmas de un pasado que se niega a irse. La violencia con fines políticos no es un problema exclusivo de Colombia, sino una enfermedad endémica de toda América Latina.

Los discurso de odio empiezan a convertirse en una peligrosa herramienta electoral.

Desde hace décadas, la falta de institucionalidad y el respeto por el Estado de derecho han creado un manto de impunidad que favorece a los perpetradores, perpetuando un ciclo de crímenes impunes.

Un mal que nos une: la violencia como herramienta política

A diferencia de los conflictos ideológicos de la Guerra Fría, hoy la violencia política está fuertemente ligada a la competencia electoral y al poder del crimen organizado, especialmente el narcotráfico. La política se ha convertido en una actividad de alto riesgo en México, Brasil, Colombia, y lamentablemente, en muchos otros países.

Esta violencia ha mutado y se ejerce de formas más complejas. Por un lado, la violencia electoral, donde los grupos criminales ya no solo buscan el poder por las armas, sino que manipulan las elecciones asesinando candidatos incómodos, desalentando la participación de la oposición y financiando a aquellos que se alinean con sus intereses.

Por otro, el control del crimen organizado se centra en la política local, al controlar municipios y alcaldías, estos grupos obtienen «zonas liberadas» para sus actividades ilegales, lo que les permite lavar dinero y asegurarse protección policial contra sus rivales.

Una de las formas más insidiosas es la violencia de género y digital, que busca limitar la participación de las mujeres en la política. Este tipo de violencia va más allá de lo físico, mutando en ataques digitales como el acoso, la suplantación de identidad y la difamación, con el objetivo de forzarlas a la autocensura.

Historia repetida: de los magnicidios a los discursos de odio

El caso de Uribe Turbay nos trae a la memoria no solo los magnicidios de Jorge Eliécer Gaitán o Luis Carlos Galán en Colombia, sino también la dolorosa historia de nuestro propio país. La proscripción del peronismo entre 1955 y 1973, con bombardeos y fusilamientos de opositores, demostró cómo la exclusión política y la represión pueden legitimar la violencia y llevarnos a una espiral de terror.

Hoy, la historia se repite con el intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner en nuestro país. Este ataque, en un contexto democrático, fue la culminación de un proceso social y mediático de creciente intolerancia y discursos de odio.

El discurso de odio, un arma de destrucción masiva

El discurso de odio, amplificado por las redes sociales, se ha convertido en un catalizador crucial de la violencia política actual. La retórica del «ellos o nosotros» deshumaniza a los adversarios, justificando ataques y hasta violencia física. Lo que antes eran voces aisladas, ahora son comunidades organizadas en la intolerancia que normalizan mensajes extremistas disfrazados de crítica.

Aunque es difícil trazar una línea directa entre las palabras y un acto violento, este clima de odio aumenta el riesgo de ataques. La normalización de la violencia en el discurso público, como pedir penas de muerte o justificar la desaparición de partidos políticos, deteriora la democracia y hace que tragedias como los magnicidios sean cada vez más probables.

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Un país sin oposición es un país sin democracia

El asesinato de Uribe Turbay nos obliga a hacernos preguntas urgentes: ¿cómo proteger a quienes se atreven a pensar diferente? ¿Por qué el Estado no logra proteger el pluralismo político? La inacción solo profundiza el miedo y la impunidad, dejando a la sociedad en un estado de zozobra constante. A diferencia del pasado, donde el enemigo tenía un rostro definido, hoy la amenaza es anónima y difusa, lo que debilita la capacidad de respuesta y profundiza la polarización.

La era digital ha transformado la tragedia en un espectáculo. Los atentados ya no son solo noticias, son tendencias que se debaten de forma superficial en redes, donde las consignas reemplazan al pensamiento crítico. Esto no es solo un problema de Colombia, sino un punto de quiebre para toda la región.

Silvana Reñones es abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

No podemos permitir que la violencia se normalice, que se vuelva parte del paisaje político. Debemos recordar, como advertía Gabriel García Márquez, que las «estirpes condenadas a cien años de soledad» no tienen una segunda oportunidad.

Si permitimos que la violencia se use para silenciar al otro, condenaremos nuestras democracias a un ciclo eterno de terror y autoritarismo. El único camino es fortalecer nuestra memoria y elegir el diálogo antes que el olvido y el miedo.

(*) Abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

 

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