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Política

Cómo se inventó Perón: de la formación del GOU al encuentro con Evita

Dos años centrales en la vida de Juan Perón.

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Como en toda revolución, existen intrigas, dudas, traiciones y contradicciones. La revolución del 43 no fue la excepción. Lejos de eso, estuvo particularmente atravesada por todo eso desde antes de su concreción y hasta su fin.

Sería particularmente largo y probablemente muy aburrido detallar lo que conocemos de todos esos movimientos internos y quizá, tampoco sirva demasiado al propósito de esta sucesión de entregas que pretende centrarnos en Perón. Pero si es imprescindible intentar poner un contexto, ya que hasta 1943 estuvo en gestación un hombre cuyo parto durará 2 años. Estos dos años.

El GOU era una logia secreta y como tal, poco se conoce a ciencia cierta. De lo que conocemos podemos decir que su fundación se ubica entre febrero y mayo de 1943, y para junio estaba participando de la conducción de la revolución. Meses después se disolvió. También podemos decir que el grupo original eran 19 oficiales y poco después se amplió a 26. Entre las versiones hemos elegido la del Tte. Coronel Juan Carlos Montes, citado por Robert Potash, por la que en los primeros días de febrero de 1943, los Ttes Coroneles Montes y De la Vega habrían coincidido en la necesidad de constituir una agrupación de oficiales ante la gravedad de la crisis de la sociedad toda y, por ende, de la institución.

“A raíz de esto – refiere Montes- yo le propuse al Tte. Coronel De  la Vega conversar con el Coronel Juan Perón y algunos otros camaradas de patriotismo reconocido, a fin de iniciar de inmediato una obra de acercamiento y unión dentro de las filas del ejército…(con el objeto de)… proceder todos sin distinción de ideales políticos ni simpatías por los distintos beligerantes de esta guerra, a trabajar incansablemente por un ideal común, el bienestar de la patria y su grandeza, y para llegar a ese fin, era necesario ante todo, unificar el cuadro de jefes y oficiales”.

Según  el propio Montes, al día siguiente se contactó con los Coroneles Perón y Filomeno Velazco, logrando un acuerdo básico, y acordando una nueva reunión días después, en la casa de Perón, y con la incorporación de Mercante y Guillentegui. Días después, se realizó la reunión fundacional con la presencia de los jefes Montes, De la  Vega, Perón, Mercante, Velazco, Guillentegui y del Coronel Emilio Ramírez, Ttes Coroneles Lagos, Eizaguirre y Ducó, Mayor Gonzalez y Teniente Primero Arias Duval, se dio lectura a las bases presentadas por el Coronel Perón, quedando constituido entonces un organismo directivo al que se denominó “Grupo Obra Unificación”.

Solo diremos al respecto que si el nombre significó el citado o “grupo de oficiales unidos”, si la fecha es exacta o es días antes o después, si la versión de Montes es más segura que la de Mercante (según la cual Perón le mostró un bosquejo de lo que sería el GOU hacia la navidad de 1942 y a partir de allí ambos trabajaron en eso), no nos parece tarea del presente trabajo. Si dejar claro que un grupo de oficiales, motivados por la situación de crisis en la sociedad y en la fuerza, en medio de la guerra mundial y en medio de la década infame, decide organizarse en una agrupación secreta, deponiendo intereses tanto políticos como bélicos –léase partidarios de uno u otro sector en la guerra euro-asiática- y comenzar a obrar de manera coordinada y unificada con fines, al menos aparentemente, loables.

Ya iniciada la revolución y a horas del golpe del 4 de junio, se inició lo que Perón denomino la segunda revolución.

Entre el 4 y el 7 de julio se depuso al General Rawson. Las razones son muchas, pero entre las más importantes se encuentran que el General había propuesto un gabinete con clara tendencia aliadófila; que esa, a pesar de lo que pensaba él, no era SU revolución, y la marcada confesión de que el día 8 de julio rompería relaciones con el Eje.

Están quienes creen que esta posición no es así, habida cuenta de un par de nombres en el gabinete de marcada tendencia pro Eje. Pero lo cierto es que en los sectores liberales y aliadófilos, esos nombres y sobre todo el de José María Rosa (padre) eran particularmente resistidos y el Gral perdió todos los apoyos de todos los sectores. El GOU ve la posibilidad y el día 7, entonces, hace jurar en la Presidencia de la Nación al Gral. Pedro P. Ramírez.

La política desarrollada por el gobierno militar en sus primeros meses refleja su naturaleza heterogénea, coexisten allí medidas de corte progresista con medidas de corte reaccionario. Se implantaron los precios máximos, rebaja de alquileres, se anuló el decreto que fijó el capital de la empresa Chadopyff – que también se intervino y se puso en prisión preventiva a uno de sus directores-, se eliminaron los aranceles en los hospitales, se implementó un castigo a la usura, se investigó la renovación de las concesiones de la CADE (en 1936) y se reemplazó al ingeniero Manuel Castello – de fuertes vinculaciones con los ingleses- por un radical Sabattinista como Santiago del Castillo.

Por otro lado se intervinieron las 2 CGT, quedando ambas bajo control gubernamental, se detuvieron dirigentes gremiales, se clausuraron periódicos comunistas y de izquierda y se impuso la educación religiosa en las escuelas. Es decir que, durante el año 1943, quebrada la institucionalidad –desde antes del golpe- y la confianza popular, el gobierno cabalga la situación “a dos rebenques” – según describiría Arturo Jauretche-.

Transcurridos los primeros meses y despejadas algunas intrigas, el hábil Coronel Perón queda a cargo del Departamento de Trabajo. Un cargo a todas luces muy menor en toda la historia institucional argentina que jamás se había caracterizado por prestar particular atención a la cuestión laboral en general. Dentro de ese marco, algunos radicales destacados individualmente aunque marginados de la escena y muy minoritarios en términos partidarios, se dan a la tarea de conocer a las figuras más relevantes del gobierno, que claramente les generaba expectativa. Y así es como Homero Manzi y Arturo Jauretche hacen un acercamiento con las dos figuras que les parecen más importantes para el periodo por venir: el Coronel Enrique Gonzalez y el Coronel Perón. Luego de sendas charlas, concluyen que el hombre es Perón.

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Por esos días, la vida de Juan solo transcurría entre su domicilio y su trabajo. No dedicaba tiempo a cuestiones que no tengan que ver con su desempeño militar y ahora gubernamental, estaba llegando la hora de poner sobre la mesa toda su formación, toda su inteligencia y toda su información en lograr influir decisivamente en los destinos de la Nación. Y entonces traba relación con Arturo Jauretche. Una relación casi cotidiana durante más de un año, en los que Don Arturo lo visita de 3 a 4 veces por semana en su despacho y pasa horas en cada encuentro desarrollando su pensamiento político. Juan aprehende elementos de la política que le eran ajenos. Discuten, acuerdan y disienten, pero Juan está en el momento trascendental en que la historia se esta escribiendo… y Don Arturo parece funcionar como el lápiz que servirá de borrador de la historia que se escribe.

Perón, desde el  Departamento de Trabajo, prontamente convertido en Secretaria de Trabajo y Previsión, se pone a la cabeza de un hecho que sus camaradas no comprenden acabadamente, que la dirigencia política no termina de ver y que casi nadie ha procesado suficientemente salvo algunas mentes esclarecidas – algunos FORJISTAS particularmente- y el propio Perón. El país tiene una nueva clase trabajadora, una nueva masa obrera, a la vez que cambian las relaciones económicas internacionales y hay una vinculación distinta del mercado interno respecto del mercado mundial. Allí se ve la primer gran virtud del Coronel Perón de escala gubernamental: no es fascista ni antifascista. Es realista.

La Secretaría

El 27 de noviembre de 1943, un decreto ―redactado por José Figuerola y Juan Atilio Bramuglia― creaba la Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación; y nombraba a Perón como secretario, encabezándola.

El nuevo organismo incorporaba en su organigrama las funciones del Departamento de Trabajo y a otras reparticiones, tales como la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones, la Dirección Nacional de Salud Pública y Asistencia Social, la Junta Nacional para Combatir la Desocupación, la Cámara de Alquileres, entre otras.

Dependía directamente del Presidente, de modo que tenía todas las atribuciones de un Ministerio; su función consistía en centralizar toda la acción social del Estado y fiscalizar el cumplimiento de las leyes laborales, para lo cual contaba con delegaciones regionales en todo el país.Se transfirieron a la Secretaría, además, los servicios y facultades de carácter conciliatorio y arbitral, así como las funciones de policía del trabajo, los servicios de higiene industrial, los de inspección de asociaciones mutualistas y los relacionados con el trabajo marítimo, fluvial y portuario.

Como reflejo de la jerarquización administrativa de la nueva Secretaría, Perón trasladó las oficinas del antiguo Departamento ―que estaban en un pequeño edificio en Perú esquina Victoria, actual Hipólito Yrigoyen― a la sede del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires.

A fines de 1943, el sindicalista socialista José Domenech, secretario general de la poderosa Unión Ferroviaria, le propuso a Perón participar personalmente de las asambleas obreras. La primera asamblea sindical a la que asistió fue el 9 de diciembre de 1943 en la ciudad de Rosario, donde Domenech lo presentó como «el Primer Trabajador de la Argentina». La presentación de Domenech tendría consecuencias históricas, ya que ese título sería uno de los argumentos para que, dos años después, se aceptara la afiliación de Perón al nuevo Partido Laborista, y apareciera también como uno de los versos más destacados de la Marcha Peronista.

El día que San Juan tembló, movió los cimientos de la Argentina

Eran casi las 21 hs del 15 de enero de 1944 cuando San Juan tembló, literalmente. Un terremoto de solo 7 segundos que cambiaría la historia de la ciudad de San Juan, la Provincia Cuyana y el país todo. El movimiento telúrico fue de 7,4 grados en la escala Richter y se trago la ciudad. Fue la tragedia natural mas grande de la historia argentina: 100 mil personas sin techo, 10 mil muertas, mas de mil niños huérfanos y todo lo material reducido a escombros.

Desde la Secretaría Perón se pone al frente de la cruzada que incluyó el armado de barrios provisorios completos, la ayuda humanitaria y asistencial de los damnificados, y luego la reconstrucción. Mientras en el gobierno se habló de castigo de Dios por los pecados de otros tiempos, Perón exhortó al propio gobierno y a la sociedad toda a ponerse manos a la obra.

Fue en medio de esa tragedia, en medio de esa desolación y en medio de ese trabajo a destajo que se produjo el encuentro amoroso que iba a terminar de parir al movimiento político-social mas importante del continente y a su conductor: el encuentro oficial, que marcaría sus vidas para siempre, se produjo la noche del 22 de enero de 1944 en el Luna Park, donde se realizaba un festival artístico a beneficio de las víctimas del terremoto. Transcribimos a continuación el testimonio que, según Enrique Pavón Pereyra, le transmitió Perón sobre aquel encuentro, una de las tantas versiones que existen sobre aquel “día maravilloso” y que cita adecuadamente Felipe Pigna:

La convocatoria (de la Secretaría de Trabajo y Previsión para ayudar a las víctimas del terremoto de San Juan) acudieron un centenar de artistas. Se sentaron en semicírculo y esperaron que les dijera qué se esperaba de ellos. (…)

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Propiciaremos –les dije- una gran colecta pública, con participación de quienes han sabido ganarse las simpatías populares. (…)

No bien expuse la breve opinión de las autoridades, dejando en claro la preocupación que trasuntaba, pensé en dar al evento un cauce popular; ahí mismo surgió, pidiendo la palabra, una mujer de gran belleza, que reclamaba ser oída: “¿Señor coronel, ha terminado de hablarnos? ¿Le permitiría opinar a esta actriz de radio?” Parecía haberse tomado el tiempo suficiente para observarnos, quizás había medido bien sus posibilidades de colaborar y entendió que éste era su momento. Hasta ese instante yo no la había distinguido, ya que no tuve tiempo de hacerlo. La invité a compartir nuestro estrado y desde allí ella concretó su idea: “¿No les parece que la cuestión primordial es saber qué puertas y en qué lugar hemos de golpear? Adelanto mi parecer: el dinero habrá que buscarlo entre quienes lo tienen”.

Repasé su figura. Se trataba de una actriz de radioteatro, que se asomaba apenas en un medio muy salvaje, muy competitivo.

Enseguida se acomodó en el centro de la reunión y comenzó su monólogo, mientras giraba en torno de sí, para facilitar que se la observara desde todos los ángulos. Llevaba un vestido muy sencillo, era muy delgada; lucía el pelo rubio y largo y un sombrero diminuto, como se usaba en la época.

Con rapidez puso en orden sus propuestas: “Nada de festivales. ¿Qué es esto? ¿Un carnaval? Iremos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento, no hay tiempo para organizar un espectáculo, un té, o una canasta. Cosas viejas que no sirven para otra cosa que para justificar la hipocresía. Nosotros vamos a patear la calle. Salgamos a pedir a los lugares públicos, pero también vayamos al hipódromo, al Jockey Club, a la Bolsa, a las Cámaras de Comercio, de la Industria, a los bancos… En esos ambientes diremos a la gente: “Nuestros hermanos están en desgracia, ¡vamos a ayudarlos!”.

Me gustó la forma de obrar y de pensar de esa mujer sensible. Era práctica y traía ideas nuevas. “Bueno, ya que la idea partió de usted, asuma la responsabilidad de darle forma”, le dije. Ese día, Eva Duarte, la que resultaría ser una mujer inconmensurable, me respondió: “Es lo que pienso hacer, ¡organizarlo todo!” Y me advirtió: “Eso, si usted me lo permite. Si, como afirma, la causa del Pueblo es su propia causa, por lejos que vaya, por grande que pueda ser el sacrificio, no dejaré de estar a su lado”.

Increíblemente, una circunstancia tan desgraciada para nuestra patria, apuró para que nos sucediera el hecho más significativo y de más honda huella de mi vida sentimental.

Esa misma noche le confirmé que el festival, tan discutido por ella en la reunión de la tarde, finalmente se haría en el Luna Park. El objetivo era interesar a la mayor cantidad de gente en el tema y el espectáculo constituía el recurso más idóneo y más rápido: “Después de todo –le dije- el festival benéfico es casi una tradición en la Argentina; la importancia de esa convocatoria no reside en los medios, sino en los fines que la inspiran”. (…)

Me parece que Hugo del Carril se disponía a cantar cuando advertí que alguien se sentaba a mi lado. Miré y descubrí su sonrisa y los ojos más radiantes del mundo. Eva había llegado y, desde ese día, no se apartaría jamás de mi lado.

Más tarde, ella me confió que no había llegado tarde, sino que como también quería verme y deseaba aprovechar el evento, se puso de acuerdo con Rita Molina, que era quien tenía las entradas. No le fue fácil lograrlo, porque el público había respondido hasta colmar las instalaciones del Luna. “Yo divisé desde lejos –me dijo- la sonrisa canchera de Homero Manzi y le grité: ‘¡Mirá, Homero! Aquí nos están tocando el culo, ¡hacénos pasar que tenemos entradas! Manzi nos vio con nuestros boletos en la mano y disimuló que, en realidad, correspondían a la fila quince. Claro, si no hubiera sido por la espontánea gentileza de Roberto Galán, nos habría sido imposible acceder al patio de butacas. Roberto, aprovechando que Farrell iniciaba su propósito de atender otro compromiso, me indicó que el asiento vacío me correspondía”.

Se habían conocido, se habían enamorado, el primer trabajador y la abanderada de los humildes. El conductor del pueblo y la jefa espiritual de la nación. Los argentinos tenemos una historia mucho más marcada por el odio y los desencuentros que por el amor y los encuentros. Quizá por ello, lo más cercano a un cuento de hadas que tengamos presente es la relación entre las dos figuras populares más importantes de –al menos- el siglo XX.

A partir de allí, la historia sería otra. Culminaría el periodo de formación y consolidación política y militar de Perón, se precipitarían los acontecimientos tanto mundiales como nacionales y se produciría la revolución. Pero eso es materia de otras entregas.

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