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boca de pozo

Un año sin Francisco: el Papa que eligió las periferias

Doce años de pontificado, millones de vidas tocadas y una forma distinta de entender el poder. A un año de su muerte, el legado de Jorge Bergoglio sigue más vivo que nunca.

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Hay personas que dejan huella. Y hay personas que cambian el paisaje para siempre. Jorge Mario Bergoglio fue de las segundas. A un año de su muerte, el 21 de abril de 2025, el mundo todavía procesa lo que fue, lo que hizo y, sobre todo, lo que nos dejó. No es nostalgia lo que mueve los homenajes de hoy. Es algo más parecido a la certeza de que con él pasó algo que no se repite fácilmente: un hombre llegó al lugar más poderoso de la Iglesia Católica y decidió, conscientemente, no usarlo como poder.

Eso, en el mundo en que vivimos, es casi un milagro en sí mismo.

De Buenos Aires al mundo

Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores, hijo de una familia de inmigrantes italianos. Fue el mayor de cinco hermanos, creció en un hogar de clase trabajadora y desde joven tuvo claro que su camino estaba en la Iglesia. Pero no de cualquier manera.

En 1958, a los 21 años, ingresó a la Compañía de Jesús, la orden fundada por Ignacio de Loyola que siempre se caracterizó por su rigor intelectual, su compromiso misionero y su espíritu de discernimiento. No era una elección menor. Los jesuitas no son una orden de contemplación silenciosa: son hombres de acción, de diálogo, de presencia en el mundo. Ese espíritu lo acompañaría toda la vida.

Fue ordenado sacerdote en 1969 y cuatro años después, en 1973, asumió como superior provincial de los jesuitas en Argentina, uno de los cargos más exigentes que podía ocupar un hombre de su edad. La Argentina de aquellos años era un país en llamas: la violencia política escalaba, la Iglesia estaba dividida, la sociedad fracturada. Bergoglio navegó esas aguas con una mezcla de firmeza y discreción que, según sus contemporáneos, lo marcó para siempre.

Durante los años ochenta se dedicó a la formación y la docencia. Fue rector del Colegio Máximo de San Miguel, donde se ganó la fama de ser un hombre cercano a los estudiantes, directo en sus juicios y poco afecto a los privilegios del cargo. En 1992 llegó su primer gran nombramiento: obispo auxiliar de Buenos Aires. Seis años después, arzobispo. Y en 2001, cardenal.

Desde ese rol, fue creciendo como una de las voces más influyentes del episcopado latinoamericano. Presidió la Conferencia Episcopal Argentina entre 2005 y 2011, participó del cónclave que eligió a Benedicto XVI y se convirtió, sin buscarlo demasiado, en un nombre que empezaba a circular en los pasillos del Vaticano.

Lo que vino después, todos lo conocen. El 13 de marzo de 2013, tras la renuncia histórica de Benedicto XVI, el humo blanco salió de la Capilla Sixtina y el mundo se enteró de que el nuevo Papa era argentino. El primero latinoamericano. El primero jesuita. Jorge Mario Bergoglio eligió llamarse Francisco, en honor a San Francisco de Asís, el pobrecillo de Umbría que renunció a la riqueza para abrazar a los más humildes. El nombre ya era un programa de gobierno.

El Papa que no quiso vivir en el palacio

Desde el primer momento, Francisco dejó en claro que su pontificado iba a ser diferente. Se negó a instalarse en el Palacio Apostólico y eligió la residencia de Santa Marta, una especie de hotel del Vaticano donde convivía con cardenales, sacerdotes y visitantes. Bajaba al comedor común, saludaba a los empleados por su nombre, usaba un Ford Focus negro en vez de la limusina papal.

Eran gestos, sí. Pero los gestos, cuando los hace el hombre más poderoso de una institución de dos mil años de historia, no son solo gestos.

Su pontificado de doce años estuvo atravesado por una idea rectora: una Iglesia que sale al encuentro del mundo en lugar de esperar que el mundo venga a ella. Una Iglesia de puertas abiertas, no de dogmas cerrados. Una Iglesia que no condena desde lejos, sino que acompaña de cerca.

En ese marco llegaron algunas de las decisiones más audaces de su papado. En 2015 publicó Laudato si’, una encíclica que nadie esperaba: un documento papal que hablaba de cambio climático, de crisis ecológica, de los pobres como las primeras víctimas del deterioro ambiental. Fue el primer Papa en elevar el cuidado del planeta a cuestión moral y teológica. El mundo lo escuchó. Las Naciones Unidas lo citaron. Los líderes climáticos lo agradecieron.

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En 2020, en medio de la pandemia, publicó Fratelli Tutti, su carta sobre la fraternidad universal. Un texto que hablaba de fronteras abiertas, de migrantes, de economías al servicio de las personas y no al revés. Incómodo para muchos. Necesario para todos.

En el plano institucional, reformó la Curia romana con la constitución Praedicate Evangelium de 2022, abriendo por primera vez la posibilidad de que laicos, incluidas mujeres, pudieran dirigir dicasterios vaticanos. Creó el Consejo de Cardenales, convocó el Sínodo sobre la Sinodalidad, el proceso más participativo de la historia reciente de la Iglesia. Endureció los protocolos contra los abusos sexuales, eliminó el secreto pontificio en esos casos y redujo al estado laical al excardenal Theodore McCarrick, condenado por abusos.

Sus gestos diplomáticos fueron igualmente históricos. En 2013, su primer viaje fuera de Roma fue a Lampedusa, la isla italiana donde llegaban desesperados miles de migrantes del Mediterráneo. No fue a inaugurar una basílica ni a reunirse con jefes de Estado. Fue a estar con ellos. En 2016 se encontró en Cuba con el patriarca Kiril de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el primer encuentro entre líderes de ambas iglesias desde el cisma de 1054. En 2019 firmó en Abu Dabi el Documento sobre la Fraternidad Humana junto al Gran Imán de Al-Azhar. En 2021, viajó a Irak, primer Papa en pisar ese suelo, y se reunió con el ayatolá Ali al-Sistani en Najaf.

Y en cada lugar, en cada encuentro, en cada gesto, la misma lógica: ir hacia los márgenes. Correrse del centro. Elegir lo incómodo.

Cuando Bergoglio estuvo en la Patagonia

Hay una historia que en Neuquén se cuenta con especial cariño. En septiembre de 2009, casi cuatro años antes de ser elegido Papa, el cardenal Jorge Bergoglio visitó la provincia. Era el arzobispo de Buenos Aires, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y uno de los nombres más respetados del catolicismo latinoamericano. Pero llegó a Neuquén sin pompa ni ceremonia.

Primero pasó por el monasterio de las monjas carmelitas, donde participó de la Eucaristía y compartió una reflexión con religiosos de la diócesis, siempre acompañado por el entonces obispo Marcelo Melani. El sábado 26, por la noche, tuvo un encuentro con jóvenes en el gimnasio del Colegio Paulo VI, en el barrio Alta Barda. El lugar se llenó. Y Bergoglio no subió a un escenario a dar un discurso: se paseó entre las mesas, preguntó sobre la vida en la Patagonia, sobre las actividades del colegio, sobre las inquietudes de los chicos. Escuchó más de lo que habló.

Al día siguiente presidió la misa de clausura de la 29ª Peregrinación Diocesana a pie a la Virgen de Luján, en Centenario. Se reunieron más de 40.000 personas. El lunes 29 viajó a Zapala para encontrarse con los sacerdotes de la diócesis, en el marco del Año Sacerdotal.

Quienes lo vieron en esos días recuerdan sobre todo eso: la cercanía. La ausencia de protocolo. La capacidad de hacer que cada persona que se le acercaba sintiera que era la única persona en la sala. Desde la Diócesis de Neuquén lo describieron años después como alguien que dejó «palabras de cercanía y humildad que aún resuenan en nuestra comunidad». No era retórica. Era la descripción exacta de cómo era.

El reconocimiento, los homenajes y una ley que lleva su nombre en Neuquén

A un año de su muerte, los homenajes se multiplican. En Argentina, la Basílica de Luján es el escenario de la misa central, presidida por monseñor Marcelo Colombo, en el marco de la 128ª Asamblea Plenaria de obispos. En el barrio de Flores, donde Bergoglio creció, habrá caravanas misioneras. En la Catedral Metropolitana, el arzobispo Jorge García Cuerva, elegido por el propio Francisco en 2023, celebrará una misa en su memoria. En Plaza de Mayo, el sacerdote y DJ portugués Guillermo Peixoto llevará a cabo un espectáculo gratuito que combina música electrónica, fragmentos de discursos papales y oración colectiva, pensado especialmente para los jóvenes.

En el Vaticano, la basílica donde sus restos descansan por su propia voluntad alberga una lápida que lo describe con precisión: «Francisco, Sumo Pontífice, que se detuvo 126 veces en devota oración a los pies de la Salus Populi Romani». Hoy se reza un rosario a las 17:00 y se celebra una misa en su memoria.

En Neuquén, el reconocimiento tomó forma de ley. En el año de su muerte, la Legislatura provincial aprobó por unanimidad, con 20 votos afirmativos, la creación del Día Provincial del Papa Francisco, que se conmemora cada 21 de abril. La iniciativa fue impulsada por los diputados Darío Martínez, Darío Peralta y Lorena Parrilli, del bloque de Unión por la Patria, y fue acompañada por legisladores de distintos bloques.

La ley establece que cada 21 de abril el Poder Ejecutivo, a través del Ministerio de Gobierno y el Consejo Provincial de Educación, promoverá actividades, conferencias y acciones educativas para difundir la vida y obra de Francisco. La fecha se incorpora al calendario oficial de efemérides de la provincia, y los municipios son invitados a adherir con eventos propios.

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«En un mundo signado por la polarización, la violencia y el individualismo a ultranza, Francisco nos enseñó que la fe puede ser un puente para acercar posiciones», dijo el diputado Peralta en el recinto. Difícil resumirlo mejor.

¿Qué nos dejó?

Esa es, en el fondo, la pregunta que más importa.

Francisco no resolvió todos los problemas de la Iglesia. No avanzó en la ordenación de mujeres al sacerdocio. No modificó la doctrina sobre el matrimonio. En algunos debates mostró ambigüedades que generaron frustración en sectores progresistas. No fue un líder perfecto ni pretendió serlo.

Pero hizo algo que muy pocos líderes de su dimensión logran hacer: cambió el clima. Cambió el tono. Reubicó el centro de gravedad de una institución que durante siglos giró sobre sí misma, y la apuntó hacia los márgenes del mundo. Les devolvió dignidad a los descartados. Les devolvió esperanza a los que no se sentían parte de nada.

«Una Iglesia pobre para los pobres», dijo en los primeros días de su pontificado. No fue solo un lema. Fue un compromiso que sostuvo durante doce años con una coherencia notable para un hombre que vivía bajo la presión constante de las expectativas del mundo entero.

Su verdadero legado no está en los documentos ni en las reformas, aunque sean importantes. Está en algo más difícil de medir: en la cantidad de personas que se sintieron vistas por él. En los jóvenes de Flores y de Alta Barda que lo escucharon hablar desde la primera fila. En los refugiados de Lampedusa que vieron al Papa de Roma llegar a sus orillas no con palabras de consuelo abstracto, sino con presencia real. En los presos cuya mano estrechó, en los enfermos a quienes abrazó, en los que nunca esperaban que alguien de su jerarquía se inclinara hacia ellos.

A un año de su muerte, la pregunta que él mismo nos dejó flotando es incómoda pero necesaria: ¿qué hacemos nosotros con todo eso?

Porque Francisco pasó por el mundo con una claridad que pocas veces se ve: la de alguien que no necesitaba el poder para sentirse importante, que no necesitaba el protocolo para sentirse respetado, y que eligió, una y otra vez, estar del lado de los que más lo necesitaban.

Eso, en cualquier época, en cualquier religión, en cualquier escala, es lo más grande que puede hacer un ser humano.

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