Análisis
Las penas son de nosotros, el litio y las vaquitas, son ajenas
Gustavo Baeza analiza el rol de la Argentina como territorio de una disputa internacional por el control del litio.
Las declaraciones del embajador estadounidense en la reunión del “Council of Americas”, opinando sobre la necesidad de que se conforme una alianza política antes de las elecciones de 2023, porque el mundo precisa de los cereales, las carnes, y el litio argentino, pone en evidencia muchas cosas, tanto del orden internacional, como del nacional.
Comencemos por el ámbito elegido para estas declaraciones y los convocados: El Council es una organización empresarial estadounidense, que promueve la defensa de la libertad de comercio, la democracia en el continente americano, y el desarrollo económico y social. Los orígenes de esta “noble” organización fundada por David Rokefeller (multimillonario empresario estadounidense) están directamente vinculados a la política exterior del expresidente J.F. Kenedy, quien diseño, en contexto de Guerra Fría, este foro. Sirvió desde sus orígenes como ariete de la política internacional de dicho país, históricamente injerencista sobre una América Latina, considerada por la potencia, como el patio trasero en el cual se guardan los tesoros escondidos debajo de la tierra: Ergo, nuestros recursos naturales.
Pero dejemos que Jorge Arguello, embajador argentino en Estados Unidos, nos cuente qué es el Council, en declaraciones suyas emitidas en el programa Debate Abierto de C5N: “Este encuentro se hace, desde hace más de 20 años, más o menos, reúne a funcionarios del gobierno, gobernadores (en distintas ocasiones han ido primeros mandatarios) y a la comunidad de empresas argentinas que tienen intereses en Estados Unidos, y a los representantes de las compañías estadounidenses que trabajan en la Argentina. Es un ámbito del mundo de los negocios digamos”.
Consultado nuestro embajador sobre las declaraciones de Marc Stanley, Arguello esquivó la respuesta decorosamente, diciendo que son “son palabras del embajador”, y que no se estila que un embajador emita declaraciones sobre la política del país en la cual ejerce representación. Pero lo cierto es que estas fueron expresiones del embajador del gobierno de Joe Biden, en una reunión empresarial promovida por capitales estadounidenses, y avalada por el gobierno de los Estados Unidos. Si la cita fuera en la embajada, Stanley jugaría de local, pero fuera de esta, parece también serlo. La anuencia diplomática de funcionarios argentinos al mitin es entendible, pues no ha declarado el gobierno de Alberto Fernández una revolución anticapitalista.
Destacamos de este noble y promisorio encuentro político empresarial la presencia del ministro de Economía de la Nación, Sergio Massa, y del ministro del Interior, Eduardo Wado De Pedro, dos figuras relevantes del Frente de Todos.
Massa, se conoce, posee aceitados vínculos políticos y económicos con elementos del gobierno y la oposición estadounidenses. Se encontraba presente Horacio Rodríguez (Larreta, como gusta al intendente capitalino, recostarse su apellido de abolengo) en representación de la oposición.
En ese marco, el representante de los Estados Unidos dijo lo que dijo, el intendente Rodríguez declaró lo que declaró, y Massa esbozó algunos de los aspectos de la política económica que piensa instrumentar en el país. También este último, hablo de entendimiento entre quienes pensamos distinto.
Resumiendo, en el evento estaba uno de los líderes de la oposición que aspira a una unidad del 70% en donde el restante 30% sería el kirchnersimo, coincidiendo con las aspiraciones de los tribunales de Comodoro Py y la Suprema Corte de Justicia, que bregan inventivamente para llegar al mismo objetivo que el intendente Rodríguez; pero no a través de una coalición, sino, a través de una proscripción.
Marc Stanley hizo desde su discurso una defensa de los intereses de su país: plantar bandera sobre tierras con recursos anhelados por la potencia del norte. Nada de qué sorprenderse.
Sino miremos al Paraguay. En el país guaraní, en las últimas semanas, Estados Unidos incluyó en una lista negra al vicepresidente del país, declarado como “significativamente corrupto”, motivo por el cual se produjo la renuncia del mismo a su cargo. En la misma dirección se presumen presiones para que renuncie a su candidatura la izquierdista Esperanza Martínez. Líder del Frente Guazú que integra una coalición de centro-izquierda, que asoma como alternativa al oficialismo del Partido Colorado. Como decía el animador televisivo local Pancho Ibáñez: “Todo tiene que ver con todo”.
Este escenario nos lleva a reflexionar acerca de los tres elementos que Stanley mencionó como importantes para el desarrollo de la economía global. Vamos por los dos primeros elementos: cereales (soja) y carnes.
Recursos en manos de una aristocracia terrateniente, que el gobierno nacional intenta seducir, ofreciéndole condiciones de exportación a un dólar muy por encima de lo que se enuncia como el dólar oficial. Este sector decide no liquidar. ¿Por qué? Por que parten de la idea de que la soja les pertenece. Pero también les pertenece el atributo de solo comunicar lo que exportan, sin las formalidades de una declaración jurada, y un control exhaustivo de si venden al exterior más de lo que dicen vender.
Es decir, en este punto el gobierno argentino no dispone (o quiere disponer) de herramientas técnicas para ejercer la soberanía del comercio externo. De camino a esta realidad, la semana pasada se confiscaron 7 toneladas de soja no declarada. La aristocracia terrateniente comulga con la utopía activa de que ellos son dadores de prosperidad al país, de que la tierra le pertenece, apelando a títulos de dudosa legitimidad y legalidad obtenidos en el siglo XIX.
Esta utopía omite toda la infraestructura (caminos, rutas, servicios, etc.) que sucesivos gobiernos han desarrollado para que “el campo” pueda colocar sus productos en el mercado externo. Como sean las cosas, este sector que produce alimentos, y en donde los acopiadores son la pirámide de un selecto puñado de personas que poseen el control de toda la cadena de agregado de valor, y logística de comercialización de alimentos en el mercado local, con posibilidades, además, de girar excedentes al mercado externo. Vendrían a ser estos monopolios, quienes determinan el precio de lo que consumimos argentinos y argentinas; y decidirían a motus propio si liquidan o no, afectando entre tantas otras cosas, el ingreso de los tan anhelados dólares a las reservas del Banco Central.
En cuanto al litio, el tema es de mayúscula trascendencia para el futuro de la economía mundial. Se considera que entre Bolivia, Chile y Argentina se concentran unas dos terceras partes de las reservas de este mineral esencial para la producción de baterías.
Estas baterías son utilizadas por simples celulares, hasta por equipos de combate como drones y/o aviones de guerra. China lo sabe, Estados Unidos también. Como China sabe esto, avanza en la región de distintas maneras. En Bolivia, por ejemplo, se han asociado con la empresa estatal creada para la explotación del litio y el agregado de valor al mismo, para evitar la mera externalización de la materia prima.
En el caso de Argentina, que reporta un quinto de las reservas de este mineral en el mundo, la tarea de China es más rentable. ¿Por qué? Por lo mismo que pasa con los alimentos producidos: el país no regula, no controla, ni administra las reservas de litio. La legislación nacional establece que las tierras en donde existen salares con estas reservas, se puedan comprar y vender a mejor postor, sin ser estas consideradas áreas estratégicas por su contenido en subsuelo, a diferencia de lo que pasa con el gas y el petróleo.
Esto hizo que simpáticos inversionistas nacionales, compraran salares en Jujuy, Catamarca y Salta (provincias que disponen de estas reservas) y que luego la vendan a precios elevadísimos, a particulares chinos o estadounidenses. Pero uno se preguntará, ¿Entonces el estado argentino cobrará suntuosas retenciones por extraer y girar al exterior este mineral? Pues no.
Solo se le abona (por legislación nacional) a los gobiernos de las provincias un 3% de lo que estos privados, enuncien vender. Por que como en el caso de los granos (sobre todo) y la carne (un poco menos) nuestras aduanas asumen que lo que los exportadores informan vender, es lo que realmente venden.
Dejar hacer, dejar pasar: libertad de mercado le dicen. Chile, por ejemplo, en donde la actividad privada desarrolla la industria minera, estableció un patrón muy rígido de retenciones, que le hacen ganar incontables sumas de dólares al estado nacional. Por lo que estas se elevan a un 20 % del valor de lo que se exporta, y si el precio de la tonelada de litio, asciende a u$s 10.000 estas retenciones se elevan al 40 %. Algo que sublevaría a nuestra aristocracia terrateniente, dueña de la tierra, Señora augusta de las reservas del Banco Central, y suma pontífice del comercio externo, pasible (siempre) de una indignación destituyente.
Amén de las declaraciones altisonantes de Marc Stanley, este simple observador pone la nota de atención, en la cero repercusión de las mismas en el oficialismo.
Semejantes expresiones ameritan, al menos, una queja formal de la cancillería del país.
Tratándose del embajador de la potencia económica y militar mundial número uno, se esperaría del presidente, algún tipo de manifestación. Pero no, agreguemos a la lista de lo que se espera del gobierno de Alberto Fernández, también esto. Todavía quedan algunos meses de este particular estilo del ejercicio del poder en el ejecutivo nacional. Quien suscribe estas líneas, agradece no escuchar más la convocatoria presidencial a terapias grupales entre funcionarios de gobierno y empresarios monopólicos. Parece que no se habría conseguido un psicoanalista dispuesto a asumir el desafío.
Más allá de las ironías, el país se encuentra estructuralmente condicionado por una deuda oprobiosa, propiciada por el gobierno de Donald Trump, para que el líder local del neoliberalismo, Mauricio Macri, acceda a una reelección que perdió, y para que los simpáticos especuladores beneficiados por la bicicleta financiera de Cambiemos vean garantizada la posibilidad de fugar hacia afuera más dólares de los que pusieron.
Los economistas que propiciaron esta asquerosa estafa, hoy dan cátedra en los medios de comunicación concentrados, de como hay que hacer las cosas, mientras los periodistas que los añoñan en sus lustradas mesas de plástico, se indignan por la corrupción kirchnerista.
Sobre llovido mojado, ahora quieren el litio y el gas y el petróleo de vaca muerta, que Estados Unidos le prohíbe comprar a la UE a su histórico suministrador oriental: los rusos, los nuevos-viejos chicos malos de una parodiada Guerra Fría, que empieza a sobrecalentarse más allá de Ucrania, y ya en los alrededores de la isla de Taiwán.
Uno se pregunta frente a este agudo panorama internacional, si los apoteóticos versos del poeta Yupanqui guardan vigencia con los acontecimientos del presente, decía el maestro: “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.
Trágica metáfora de un país que se debate entre la profunda dependencia y endeudamiento financiero, y la tan anhelada soberanía política y económica, que llevó a una intensa mayoría popular a votar por un gobierno, que parecía, era la garantía de estas expectativas, y que transita estos últimos meses, emponderando a un ministro de economía bendecido con comprobables terminales políticas y económicas en la potencia del norte.
Argentina, país generoso: pero no con su pueblo.




