Política
Ir a las raíces
Por Carlos Ceballos.
Es vasta la palabra y acción del Papa Francisco, por lo que elegimos un aspecto de su estrategia global que nos parece decisivo para el futuro de la Iglesia Católica y de la humanidad toda.
Hay que recordar que en 2013, a poco de ser nombrado, Francisco (como el pobre de Asís) comenzó a desplegar su pensamiento, acuñado por él durante su larga experiencia misionera por las casas, calles y humildes barriadas de Buenos Aires siendo sacerdote y obispo de la ciudad. Pensamiento que luego confrontó con sus pares de Latinoamérica en la reunión de la CELAM realizada en Río de Janeiro en noviembre de 2007 y fue base del documento final de esa conferencia, tan aprobado por el Papa Benedicto XVI que no agregó al mismo la Carta que tradicionalmente da cierre a la reunión.
Este pensar está dedicado al Pueblo de Dios que forman más de 1.200 millones de católicos en todo el mundo y que tuvo su primera explicitación documental en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” (La Alegría del Evangelio), sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, publicada en noviembre de 2013. Ese texto resulta una propuesta o programa, que en una segunda lectura se puede percibir como una directiva estratégica para una nueva evangelización cuya interpretación y acción de la realidad social se basa en cuatro principios:
- El tiempo es superior al espacio.
- La unidad prevalece sobre el conflicto.
- La realidad es más importante que la idea.
- El todo es superior a la parte.
Agregará verbalmente y de manera reiterada otros momentos de la Exhortación, como la necesidad de una Iglesia pobre y “en salida” hacia las periferias, en un intento de movilizar al mundo católico hacia los pueblos que precisamente habitan las periferias físicas o existenciales. Buscar en su humildad y sufrimiento las claves que permitan iniciar un proceso de retorno al origen, es decir, una salida de la mundanidad propia de un mundo desacralizado, para encontrarse nuevamente cara a cara con su Maestro y Salvador, y poder recrear así aquella escena donde dijo: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él da muchos frutos.” (Juan 15; 5)
La salida, que como todo el programa está dirigido a laicos y consagrados de todos los niveles de conducción, es la práctica que transforma al portador de la Buena Noticia. Porque su acción ahora es misión, y ésta obliga a abandonar la comodidad y a entregar algo de sí a cambio de nada, más allá del goce espiritual de saberse imitando el peregrinar de su Señor. Pero también modifica al receptor, que es buscado por la fe del otro y motiva la convicción de que el mal no puede vencer absolutamente al bien.
Para lograr la victoria en cada acto evangelizador, Francisco pide audacia en los discípulos, la misma que tuvo el “intruso” Jesús para enfrentar el poder fariseo, y también la misma que necesitó el acto de su elección: el nombramiento de alguien llegado del “fin del mundo”, el primero de la América mestiza, un extraño, quizás un intruso para ellos también. Sin embargo, necesario para el Espíritu, porque solo este hombre haría posible una modificación en el rumbo de una Iglesia amenazada por la fragilidad de sus miembros frente a la ofensiva del mal. A tal punto que llegó a provocar la dimisión de un Papa por carecer de las fuerzas necesarias para oponérsele, según el mismo confesara.
Tal vez la Providencia consideró que el pueblo al que Francisco pertenece tiene, en su corta vida, la experiencia de muchas luchas por la libertad y la justicia, y grandes victorias frente a la soberbia y la riqueza de los “poderosos” de siempre. Pero finalmente, se trata de aceptar que: “El viento sopla donde quiere; tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.” (Juan 3, 8)
La audacia suele generar sorpresa, que quizás vivió Francisco, pero él sabe que en este lejano extremo de Occidente, justamente en su periferia, fue donde el conocimiento completó el mundo en el siglo XV. Y desde aquí, por primera vez, se pudo contemplar el planeta como un todo, al fin global. Un camino había llegado a su final y, simultáneamente, activó otro que contuvo la contradicción entre correr hacia un progreso material infinito gracias a la razón humana y avanzar sin desprenderse de los valores y tradiciones que los pueblos habían cultivado desde siempre. Y esta es su mirada.
En este punto de la historia, en el que la incertidumbre y la incomprensión hacen pensar que el desenlace de esa lucha está próximo, llegó Francisco a ocupar un lugar predominante en una Europa que vive una agonía terminal. Llegado a Roma, su pensamiento se hizo plan, mientras desde su ventana observaba una decadencia que lastima el espíritu, en la misma vieja Europa que lo rodeaba, que fue cuna de la cultura de Occidente, lugar donde la piedad y la libertad dijeron por primera vez presente en la vida de los hombres.
Desde ese lugar, ese tiempo y esa lucha, el Papa le dice al mundo católico: ¡vuelvan a las raíces! Y así podremos convocar al resto de los varones y mujeres del mundo a caminar y resolver fraternamente tanto dolor, en un andar “sinodal” (sínodo: andar juntos en una misma dirección), porque todos somos hijos de Dios.
No hay lugar para los católicos ni para los que no lo son que permita el pesimismo, la indiferencia ni declinar la misión que, en esta ruta, se convierte en lo único que puede darle sentido a la existencia.
No siendo la Iglesia una organización absolutamente humana, tiene, de todos modos, la misma orgánica que las otras organizaciones que los hombres producen. Y como en éstas, también es necesario el aporte de una franja o estamento de “cuadros auxiliares” de la conducción superior, que en el caso católico componen todos los consagrados, pero singularmente sacerdotes y diáconos, que son los responsables de las parroquias territoriales, jurisdicción donde reside el pueblo cristiano y que contiene el Templo, punto de reunión alrededor de lo sagrado.
Todos los que viven ahí ya han escuchado el llamado de ir hacia las raíces. Sin embargo, ni todos estos ni los que conducen las Iglesias particulares han salido del desconcierto que les ha producido este Papa y están lerdos para reaccionar.
Se sabe que, en toda organización, este sector es donde se generan los conflictos. De ahí que, para sus miembros, ha sido insistente la prédica del Papa combatiendo lo que llamó el clericalismo, es decir, la formación de grupos cerrados que pretenden apoderarse de las posiciones. Ha llamado a la lucha por la unidad y a volver a sentir la alegría que produce la transmisión del Evangelio. Buena parte de la “Evangelii Gaudium” está dedicada a ellos.
Desde este enfoque que se expone, en los cambios que Francisco realizó y realiza en las estructuras de la Institución, se vislumbra la intención de despejar el camino hacia el retorno a los orígenes. Será un proceso largo y difícil. Por esto el nombramiento de obispos y cardenales jóvenes para lo acostumbrado, que busca la continuación de la misma dirección hacia el retorno a las raíces. La ubicación de mujeres en lugares de decisión otorgará la visión femenina, con ojos menos contaminados por combates anteriores. La práctica de una relación misericordiosa con ciertos pecadores sin resignar la doctrina respecto del pecado. El trabajo periódico en los Sínodos de Obispos continentales y universales. Y muchos otros, más lo que no vemos, pero que en conjunto retienen la discusión política y teologal, dando espacio al desarrollo del que consideramos el frente principal de su plan.
En un mundo que se desmorona, tenemos a Francisco que es sinónimo de autoridad moral para el planeta entero; es aclamado por pueblos de las más diversas creencias; y está presto a intervenir en todo conflicto que profundice el derrumbe. Pero, sobre todo, ha puesto en marcha, junto a los pueblos y pegado a su Señor Jesús, un proceso esperanzador que permite avizorar una etapa universalista, que finalmente derrote a los proyectos transhumanos conducidos por las oligarquías mundiales.
Los que busquen caminar hacia las raíces; volver a beber la savia que producen los sarmientos, comprenderán a Francisco y puden esperar de la misión que nos propone: alegría, sacrificio y las Gracias de Dios porque Él premia a quien acepta que «si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz y seguirme” (Mateo 16; 24).




