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boca de pozo

Cuando la derecha decidió odiar la empatía

Una nueva ola conservadora y libertaria declara la guerra abierta a la empatía, transformándola de virtud cívica en un «virus moral». De Estados Unidos a la Argentina de Milei, la compasión tradicional es tildada de chantaje ideológico.

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«¡Vaya si la odian!». Con esa contundencia abría The Economist una de sus crónicas más comentadas, al dar cuenta de una transformación ideológica tan inesperada como fascinante en la derecha estadounidense: la declaración de guerra abierta contra la empatía.

Lo que durante décadas fue considerada una virtud cívica indiscutible hoy es tildada de pecado secular en los círculos de la nueva derecha, impulsada por una auténtica cruzada editorial y mediática. En 2025, el libro Leadership and the Sin of Empathy (El liderazgo y el pecado de la empatía) de Joe Rigney profundizó la senda abierta un año antes por el superventas Toxic Empathy (Empatía tóxica) de Allie Beth Stuckey.

En Toxic Empathy, Stuckey sostiene que la izquierda ha utilizado la compasión como un chantaje emocional que obliga a la sociedad a aceptar la agenda progresista —desde fronteras abiertas hasta identidades de género— bajo la amenaza de ser etiquetado como insensible. Rigney, por su parte, plantea que la empatía provoca un «sabotaje emocional» en los líderes, haciéndoles perder la firmeza y la autoridad necesarias para mantener el orden, al confundir la piedad con la incapacidad de tomar decisiones difíciles.

Sin embargo, el punto culminante de esta ofensiva lo encarna el profesor canadiense Gad Saad con su éxito editorial Suicidal Empathy (Empatía suicida). El libro se convirtió en un éxito instantáneo y persistente impulsado por la encendida recomendación de Elon Musk en la red X, donde advirtió que la civilización occidental está condenada si no aprende a sofocar esta inclinación y a tomar medidas drásticas de supervivencia. Para Saad, la búsqueda incesante de tolerancia funciona como un patógeno moral que anula los mecanismos de defensa culturales de Occidente.

Para Saad, Rigney, Stuckey y el influyente ecosistema de Silicon Valley, la empatía dejó de ser un valor noble para convertirse en un virus moral. Sostienen que la obsesión por demostrar una tolerancia e indulgencia infinitas carcome la seguridad, las fronteras, la autoridad y el mérito individual.

Esta condena explícita a la compasión resulta especialmente reveladora al contrastarla con el pasado. Mientras que el expresidente republicano George W. Bush se autodenominaba un «conservador compasivo», la derecha actual busca borrar sistemáticamente esa herencia. Para los conservadores contemporáneos, denunciar la empatía no es solo un desacuerdo político, sino una trinchera ideológica fundamental en la batalla cultural de nuestro tiempo.

La verdadera grieta: El choque por el control de la compasión

Detrás del histórico divorcio entre liberales y conservadores opera un motor silencioso que la ciencia política solía ignorar: la naturaleza de la empatía. Lejos de ser un simple arrebato sentimental, la psicología la define como la capacidad de resonar con el dolor ajeno, buscar su bienestar y comprender su perspectiva.

Durante años se creyó que ambos bandos sentían la misma compasión y que solo variaban los destinatarios —como argumentaba Paul Bloom en Against Empathy (Contra la empatía), contraponiendo la piedad progresista por las minorías con el fervor conservador por la policía o los comerciantes—. Sin embargo, diversos estudios desarmaron esa supuesta neutralidad, revelando que la predisposición a la empatía suele estar estrechamente ligada a las preferencias ideológicas y a la forma de concebir el orden social.

Pero la nueva derecha no solo comenzó a cuestionar la empatía tradicional por considerarla una debilidad ideológica; ejecutó un giro estratégico decisivo al redefinir quién merece compasión. En su nuevo mapa moral, la mirada empática cambia radicalmente de sujeto: la prioridad deja de ser el receptor de asistencia estatal para desplazarse hacia el contribuyente asfixiado a impuestos, el comerciante acorralado por la inseguridad y el ciudadano respetuoso de la ley. Bajo esta doctrina, la indulgencia estatal ya no se percibe como nobleza, sino como una crueldad abierta contra la mayoría productiva que sostiene el sistema.

Del dogma de Silicon Valley a las calles de Buenos Aires

Esta reorientación de la compasión no se quedó encerrada en los podcasts estadounidenses ni en los ensayos universitarios; cruzó el hemisferio y se convirtió en la fuerza motriz de la política argentina contemporánea. Como analiza el periodista Gabriel Ziblat, ante cada gobierno que aplica un ajuste económico surge de inmediato el reproche de la «falta de empatía». Le ocurrió a Mauricio Macri en su momento y lo enfrenta hoy Javier Milei tras desplegar el recorte fiscal más severo de la historia reciente, afectando a jubilados, salarios universitarios, obras públicas y empleo estatal.

Pero mientras que en el debate político convencional la falta de empatía se atribuye a una insensibilidad coyuntural o a la frialdad de los números, la lente del nuevo conservadurismo demuestra algo muy distinto. Ziblat plantea que los gobiernos populistas suelen eludir estas críticas porque basan su tracción electoral en simular una sensibilidad de corto plazo —»poner dinero en el bolsillo», subsidiar tarifas o abrir universidades sin presupuesto—, aunque eso termine detonando la moneda y condenando el futuro.

Bajo la doctrina libertaria que encarna Milei, la llamada «falta de empatía» no es un déficit ni un descuido de gestión: es un pilar moral asumido con orgullo. La intransigencia que exhibió el mandatario argentino al vetar la ley de financiamiento universitario o al tensionar la alianza con sus socios del PRO no responde a una terquedad personal ni a un frío cálculo sobre «cuánto dolor tolera la sociedad», sino a la aplicación rigurosa de esta nueva matriz ideológica.

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El dogma libertario: La insensibilidad como deber moral

Entender el comportamiento de Milei exige comprender que, para la filosofía libertaria, la «justicia social» es una farsa peligrosa. Ceder ante el reclamo de un sector social —por más noble que parezca la causa universitaria o la recomposición de los haberes jubilatorios— implica ceder al «chantaje emocional» de la empatía tradicional, la cual se financia mediante la coerción de los impuestos.

En este esquema conceptual, la compasión hacia el receptor de fondos públicos se traduce automáticamente en crueldad hacia el verdadero héroe libertario: el contribuyente. Congelar partidas o vetar normativas no se vive en la Casa Rosada como un acto de maldad, sino como el ejercicio de una «empatía profunda» y racional. Es la postura del cirujano que decide no anestesiar con demagogia el presente para evitar la hiperinflación y el colapso del país en el futuro.

Por eso, mientras aliados pragmáticos le reclaman al gobierno «un poco de empatía» para no quemar la paciencia social ni romper los puentes políticos, los libertarios responden con el desprecio analítico de quien considera que la indulgencia fiscal es el germen de la decadencia.

La paradoja de una democracia sin terreno común

El caso argentino es solo la manifestación más drástica de un fenómeno global: el verdadero riesgo de convertir la batalla contra la empatía en la principal bandera de identidad política. Mientras la democracia tradicional busca equilibrar las urgencias del presente con la sustentabilidad del futuro a través de la negociación, esta nueva oleada de derecha y libertarismo rechaza por definición cualquier gradualismo o concesión compasiva.

Cuando cualquier demanda de contención social es etiquetada como «parasitismo» y toda búsqueda de consenso se denuncia como una debilidad moral, el margen de gobernabilidad democrática se estrecha al mínimo. Se sustituye el contrato social por un dogma de suma cero donde la comprensión hacia el adversario es vista como una traición.

La encrucijada que enfrentan las democracias contemporáneas trasciende los indicadores económicos de un gobierno o la reacción de los mercados. La gran incógnita que deja esta cruzada global contra la compasión es si una sociedad puede sostener la cohesión y la convivencia Pacífica en el tiempo cuando la empatía deja de ser un valor básico compartido para convertirse en la trinchera más irreconciliable de la guerra cultural.