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Internacionales

Turquía y la OTAN: el pivote geopolítico de la seguridad europea

Türkiye presiona por mayor protagonismo en la seguridad europea aprovechando su control del Mar Negro y su industria de defensa en expansión.

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Turquía y la OTAN: el pivote geopolítico de la seguridad europea

Los líderes de la OTAN se reunieron en Ankara el 7 y 8 de julio de 2026 en una cumbre que marcó un giro en la estrategia de seguridad europea. Entre los resultados principales, la alianza reafirmó su compromiso con la defensa colectiva, comprometió 70 mil millones de euros en equipamiento militar, asistencia y entrenamiento para Ucrania durante 2026, y colocó la producción de defensa, la innovación y las compras públicas en el centro del desarrollo de la alianza. Pero el verdadero protagonista de la cumbre fue Türkiye, que logró la plataforma que buscaba desde hace tiempo.

Para Ankara, la cumbre fue más que un acto de protocolo. El presidente Recep Tayyip Erdoğan la utilizó para presionar a los aliados sobre las restricciones a su industria de defensa y para reclamar un lugar más central para los miembros de la OTAN que no integran la Unión Europea en las iniciativas de seguridad europeas. Esa demanda toca una cuestión más profunda que enfrenta el continente: Europa quiere gastar más, producir más y depender menos de Estados Unidos. Pero uno de los actores más relevantes para esa ambición está dentro de la OTAN, fuera de la UE, y solo parcialmente integrado en el sistema emergente de industria de defensa europea.

Türkiye controla el acceso al Mar Negro, mantiene canales de comunicación con Kyiv y Moscú, ha construido una base creciente de drones y defensa, e influye en varios teatros críticos para la seguridad europea. Simultáneamente, sus relaciones con Europa permanecen tensionadas por retrocesos democráticos, disputas con Grecia y Chipre, cuestiones sirias, la controversia del sistema de defensa aéreo S-400 y una política exterior que frecuentemente busca maniobrar entre potencias rivales. Esa combinación de centralidad y fricción es lo que hace de Türkiye un actor incómodo pero indispensable.

La cumbre de Ankara no resolvió el lugar de Türkiye en la arquitectura de seguridad europea, pero evidenció por qué postergar esa resolución se ha vuelto cada vez más difícil. A medida que la OTAN depende más de capacidades europeas —o Europa depende más de sí misma—, la posición de Türkiye gana importancia estratégica. Türkiye es miembro de la alianza desde 1952 y alberga una de las fuerzas armadas más grandes de la organización.

El dilema es estructural: Türkiye es simultáneamente central y periférica en la seguridad europea. Su control del Mar Negro la hace insustituible para cualquier estrategia que involucre a Ucrania o la región del Cáucaso. Su capacidad industrial en drones y defensa la convierte en un socio valioso para una Europa que busca autonomía militar. Pero sus conflictos con miembros de la UE, su historial de represión política y su política exterior impredecible generan desconfianza en Bruselas y Atenas.

Para Argentina y la región, el fortalecimiento de la arquitectura de defensa europea tiene implicaciones indirectas pero reales. Un sistema de seguridad europeo más independiente de Estados Unidos redistribuye el poder global y afecta dinámicas comerciales y de inversión. Además, la mayor capacidad de defensa europea podría liberar recursos estadounidenses para otras regiones, incluyendo América Latina. El posicionamiento de Türkiye en ese tablero también importa: sus relaciones con potencias como Rusia y su influencia en Oriente Medio tienen efectos en cadena sobre flujos de energía, comercio y migraciones que alcanzan a la región.

La cumbre de Ankara expuso una tensión no resuelta: Europa necesita a Türkiye para su seguridad, pero desconfía de sus instituciones democráticas y su alineamiento geopolítico. Erdoğan presionó por restricciones levantadas a su industria de defensa y por mayor participación en decisiones de seguridad europea. Esa presión funcionó porque Türkiye tiene lo que Europa necesita: geografía, capacidad militar, influencia regional y una industria de defensa en expansión. La cumbre no cerró ese círculo, pero confirmó que el futuro de la seguridad europea dependerá de cómo Europa maneje su relación con un socio que es indispensable pero incómodo.

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