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boca de pozo

La trastienda del adiós al Indio: del Congreso al mono Gatica

El peronismo se sintió interpelado por la muerte del ídolo Solari y propició los medios para una despedida épica.

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Las partes iguales o (o a caso haya una relación causal) de incomprensión e indolencia de Javier Milei y su tropa tuvieron un efecto autoflagelante. Por esquivar el desafío de organizar el funeral, que auguraba un movimiento de los márgenes de la sociedad hacia el centro de la atención mediática y política, ocurrió algo peor: el centro se tuvo que asomar a los márgenes y en Olivos lo miraron por TV. El peronismo mostró su lado mejor.

Tras el verso de las condiciones de seguridad que postuló Martín Menem para cerrarle el Congreso a la familia Solari, Máximo Kirchner, amigo de la familia, llamó a Kicillof y le planteó la necesidad de organizar la despedida. El Gobernador asumió el desafío y empezaron a trabajar.

Según versiones periodísticas se barajó la posibilidad de organizar la despedida en el Estadio de Racing, pero la dirigencia filomacrista que desde diciembre de 2024 dirige el club no quiso y tras evaluar distintas posibilidades Axel Kicillof, Máximo Kirchner, el intendente de Avellaneda Jorge Ferraresi y la familia Solari optaron por la opción más poética: que el adiós se haga en el gimnasio Gatica.

Un modesto pero correcto microestadio municipal que rinde homenaje a uno de los ídolos del boxeo argentino. De origen muy humilde, el «mono» Gatica fue un deportista peronista, que si bien recibió amor popular, no alcanzó la gloria internacional y como era habitual en esa disciplina, murió en la pobreza.

Leyendas aparte, después de mucho tiempo el Gobernador Bonaerense y el líder de La Cámpora retomaban un diálogo productivo por el bien de los otros. Una práctica tan amargamente inhabitual como necesaria.

Con el respaldo de los deudos del Indio, desde el Municipio y la Gobernación transitaron horas frenéticas para preparar la logística y la seguridad del ritual de una tribu que está signada por el caos y la desmesura, un poco por los prejuicios, otro tanto por los antecedentes y algo más por las historias de violencia que protagoniza la policía en las expresiones populares.

Con esa mochila, el ministro de Seguridad Javier Alonso dispuso, con precisión quirúrgica, grupos de policías tan pertrechados como discretos. Detrás de ambulancias o postas sanitarias, se pasaron toda la jornada preparados por si todo salía mal. No hizo falta saber qué tan preparados estaban.

Mientras tanto, la muchedumbre transitó como si esos policías no existieran: fisuras, rockeros, obreros de la construcción, militantes y estudiantes de bellas artes procesionaron y procesaron la muerte de su ídolo a lo largo de la Avenida Mitre, desde el mítico puente Pueyrredón hasta el Gatica. Pero esta vez, la procesión fue del centro a la periferia. De la Capital al Conurbano.

A medida que la fila avanzaba desde el riachuelo hacia la profundidad de la metrópolis, al popular barrio de Villa Domínico, la muchedumbre se encontraba con casas cada vez más bajas y columnas de humo más densas. A veces bajo un gazebo, pero otras ni eso, los vendedores ofrecían choris, patys y bondiola, fernet cerveza y música, porque siempre había cerca un parlante con alguna canción ricotera para corear en el camino hacia la capilla ardiente. Más cerca del gatica, junto a la procesión, otra columna de gente copó la avenida Mitre para cantar, bailar, probar algunos cócteles o simplemente ser parte de la despedida pero no de la procesión. Un ritual plebeyo que como tal, cada uno interpreta como quiere.

Por el lado de la política, tanto Máximo como Axel y Ferraresi, tal vez por las mismas razones que los uniformados: eligieron la discreción y evitaron el quilombo. Si bien supieron propiciar las condiciones para el funeral, eligieron hacerlo con perfil bajo y no se dedicaron estrofas ricoteras para pasarse facturas, como ya lo habían hecho en otras oportunidades.

Mostraron su lado amable y recrearon lo mejor de una tradición política que supo oír e interpretar a su pueblo sin traductores ni consultores de imagen, como hacen los grandes artistas y la gente de a pie.

Con la muchedumbre marchando en paz, los rituales del adiós que abrigaron desde el viernes a toda la familia ricotera inundaron las pantallas con los rostros de las víctimas de un modelo de exclusión que tiene sus antecedentes y sus originalidades. Con todo eso a cuestas, esos cuerpos castigados por la falta y los excesos mostraron una madurez que al Presidente le costaría coraje y años de terapia, pero una madurez que ya nadie espera de él.

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