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boca de pozo

Voto en blanco: el gran ausente de la Boleta Única Papel

La boleta no tiene un casillero explícito con esa opción y podría invisibilizar el descontento.

Publicado

en

Fuerza Patria

Por Silvana Reñones (*)

La inminente implementación de la Boleta Única de Papel (BUP) para las elecciones legislativas del 26 de octubre plantea un debate crucial: la falta de un casillero explícito para el voto en blanco. Este detalle de diseño, aparentemente menor, invisibiliza una de las expresiones políticas más genuinas de nuestro electorado.

A diferencia de la Boleta Única Electrónica (BUE), donde un botón o casillero reconoce formalmente el voto en blanco, la BUP exige que el votante deje la categoría sin marcar. Sorprende que, mientras algunos diseños de boletas únicas provinciales sí incluían este casillero, el modelo nacional no lo haga.

Este diseño no es neutral; subestima la naturaleza de un sufragio que no es un simple descuido o un acto de apatía, sino una verdadera declaración política, un grito de descontento que exige ser escuchado.

El voto en blanco no tiene una opción en los casilleros de la Boleta única Papel.

Es la voz de quienes no se sienten representados por ninguna de las opciones disponibles y, por lo tanto, deciden retirar su apoyo al sistema, demandando un cambio que vaya más allá de los nombres y los partidos.

Boleta Única Papel y la historia del voto en blanco en Argentina

La historia electoral argentina es testigo del poder del voto en blanco, que ha actuado como un termómetro del descontento en momentos de quiebre institucional. En 1957, tras el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Perón, el voto en blanco se convirtió en la consigna de un electorado peronista proscripto y movilizado.

En las elecciones para la Asamblea Constituyente, los votos en blanco alcanzaron casi el 25% de los sufragios, superando a la Unión Cívica Radical del Pueblo y demostrando el rechazo a un proceso que los excluía. Este resultado forzó una crisis en el régimen y puso en evidencia la falta de legitimidad del sistema político de la época.

El fenómeno se repitió en las elecciones presidenciales de 1963, cuando a pesar de la victoria de Arturo Illia con el 25% de los votos, el voto en blanco volvió a alcanzar un porcentaje masivo, superando el 19%. Este sufragio en blanco, nuevamente impulsado por el peronismo, reflejaba la falta de una opción viable para la mayoría del electorado y socavó la legitimidad del gobierno electo desde su inicio.

Finalmente, el momento más contundente llegó en 2001, en el apogeo del lema «que se vayan todos». El voto en blanco y el ausentismo se unieron para evidenciar una crisis de representación sin precedentes. En las elecciones legislativas de ese año, el voto en blanco, nulo o impugnado, combinado con la abstención, superó el 50% del padrón electoral, enviando un mensaje claro de rechazo total a la clase política.

El diseño de la BUP, al no contar con un casillero para el voto en blanco, podría limitar la capacidad del electorado de manifestar su disconformidad de manera clara.

Una mecánica que podría diluir el descontento

Se corre el riesgo de que la expresión de descontento se diluya o se confunda con el «efecto fatiga», un fenómeno donde el votante simplemente deja categorías sin marcar de forma involuntaria.

En el contexto de su debut a nivel nacional, la BUP genera una incertidumbre adicional: los votos en blanco podrían ser interpretados como el producto del desconocimiento del instrumento o del simple desinterés, restándole peso al verdadero sentido político de aquellos ciudadanos que, con su voto, apoyan la democracia pero desean enviar un mensaje contundente a la clase política. Esto distorsiona la verdadera intención del sufragio.

La pregunta que debemos hacernos es si sería deseable que la BUP tuviera un casillero de voto en blanco.

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La respuesta, a la luz de la experiencia nacional e internacional, parece ser afirmativa. En otros países, como Colombia, Ecuador o incluso a través de iniciativas ciudadanas en España, se ha reconocido la importancia del voto en blanco, llegando a otorgarle un efecto jurídico directo.

En Colombia, por ejemplo, el voto en blanco tiene un efecto jurídico directo sobre las elecciones. La Ley 1475 de 2011, conocida como la Ley de Reforma Política, establece en el artículo 258 de la Constitución Política que si el voto en blanco obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos en una elección, la elección debe repetirse por una sola vez.

En esta nueva contienda, no pueden presentarse los mismos candidatos ni las listas que no alcanzaron el umbral en la primera vuelta, lo que obliga a los partidos a renovar sus propuestas.

Un caso emblemático y de gran impacto mediático ocurrió en 2011 en el municipio de Bello, Antioquia. El único candidato a la alcaldía no logró el apoyo de la mayoría del electorado, y el voto en blanco se alzó con la victoria, alcanzando el 56,7% de los sufragios, forzando la repetición de la elección. Este mecanismo ha incentivado a los partidos a considerar las demandas del electorado y a mejorar su oferta política.

Estos ejemplos demuestran que el voto en blanco puede ser un motor de cambio, una forma de presionar a la dirigencia política para que mejore su oferta y responda a las demandas del electorado.

Silvana Reñones es abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

La Boleta Única de Papel, a pesar de sus virtudes, no debería desmerecer el poder del voto en blanco. Es vital que el sistema electoral argentino le otorgue la visibilidad que merece.

Dotar a la boleta única de un casillero explícito para el voto en blanco no es un simple cambio de diseño; es un gesto de respeto a la voluntad ciudadana y un paso más hacia una democracia más representativa y sana.

Es hora de que el voto en blanco deje de ser un fantasma en las urnas para convertirse en una fuerza tangible de la política.

(*) Abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

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