boca de pozo
El diezmo que malogró el blanqueo de Adorni en el gabinete
Karina ordenó al gabinete que viaje a Luján con Manuel Adorni, pero la foto del Ministro pagando el diezmo quedó en el centro de la escena.
Que una foto vale más que mil palabras es un lugar tan común que este cronista no la pueda escribir sin pudor, el mismo que deben haber sentido Martín Menem y Diego Santilli, si es que tuvieron la capacidad de «leer» la cantidad de significado que se estaba retratando cuando Adorni sacaba la billetera para meter un billete de veinte lucas en «la gorra» de la basílica de Luján.
La misa en memoria del papa Francisco, celebrada en Luján y encabezada por el arzobispo de Mendoza y titular de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, terminó ofreciendo una postal elocuente del momento político argentino. Entre ausencias oficiales, internas libertarias y un mensaje eclesiástico centrado en el diálogo y el bien común, el homenaje al pontífice se transformó en una escena cargada de lecturas sobre la crisis del poder y una postal que dice mucho sobre el vínculo cada vez más distante y espectral entre la sociedad argentina y el dinero.
¿Por qué no se puede dejar de mirar la foto de Manuel Adorni aportando su diezmo? ¿Qué interpretaciones dispara esa foto de Rodrigo Néspolo que la vuelve tan hipnótica? La respuesta, tal vez no está en la foto. Trataría de responderla si tan sólo pudiera dejar de mirarla.
Una dirigencia partida
La misa celebrada en la basílica de Luján dejó una imagen que condensó, con precisión el momento político que atraviesa la Argentina: una dirigencia partida, un oficialismo en tensión interna y una Iglesia que, sin nombrarlo de forma directa, volvió a marcar distancia del estilo confrontativo de Javier Milei.
De un lado se ubicó el gobernador bonaerense Axel Kicillof, rodeado de ministros, funcionarios, senadores, diputados e intendentes del peronismo, entre ellos Federico Otermín y Eduardo “Wado” de Pedro. Del otro, los representantes del oficialismo nacional llegaron en medio de una puesta en escena atravesada por ausencias, sospechas y operaciones internas.
Kicillof aprovechó la ocasión para bajar un mensaje político en sintonía con el legado de Francisco. “Predicó la cultura del encuentro, que hoy se contrapone a la cultura del odio y la persecución al que piensa distinto”, sostuvo el mandatario bonaerense al salir de la misa. Y agregó que al papa argentino hay que recordarlo “siempre por la justicia social” y por su búsqueda de la paz, en “una época donde se respiran aires de guerra”.
La frase no fue casual. Tampoco el contexto. El homenaje a Francisco se produjo mientras Milei seguía de gira en Israel, junto con su hermana Karina Milei, regando el oriente medio con declaraciones beligerantes. En su lugar, el Presidente envió una carta protocolar, que recibió una respuesta igualmente formal de la Conferencia Episcopal, con una referencia final al futuro del país y a la paz en el mundo.
Tampoco asistió Victoria Villarruel, pese a que su presencia estaba confirmada hasta último momento. La vicepresidenta evitó así compartir una foto con Manuel Adorni, hoy uno de los funcionarios más cuestionados del Gobierno. En su lugar fue Bartolomé Abdala, presidente provisional del Senado.
La decisión de Villarruel tuvo una doble lectura: esquivar una imagen incómoda junto al hombre más cuestionado del momento y, al mismo tiempo, frustrar una maniobra de Karina Milei, a quien distintas versiones atribuyeron la orden de llenar Luján de funcionarios para opacar el protagonismo de la vice y en el mismo movimiento, reivindicar la figura de Adorni.
De hecho, varios ministros llegaron juntos, rodeando a Adorni, en una escena que dentro del propio oficialismo fue interpretada como un intento de “blanqueo” político en medio de las denuncias que lo cercan. La jugada, sin embargo, no alcanzó para tapar las fisuras. Otra ausencia significativa fue la de Sandra Pettovello, que en las últimas semanas viene dando señales de autonomía respecto del núcleo duro libertario y mantiene una relación especialmente áspera con sectores de la Iglesia desde el escándalo de los alimentos retenidos en depósitos del Estado.
En ese marco, la homilía de Marcelo Colombo adquirió un peso político que fue mucho más allá de lo litúrgico. El presidente de la Conferencia Episcopal repasó el papado de Francisco, desde Lampedusa hasta su célebre “hagan lío” en Río de Janeiro, pero también dejó definiciones que funcionaron como una crítica apenas velada al clima político actual.
Colombo pidió terminar con “la agresividad permanente en el lenguaje y los gestos” y recordó fragmentos de Fratelli tutti para reivindicar el diálogo como condición para sostener unida a una comunidad. En uno de los pasajes más significativos, citó el llamado de Francisco a “acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto”, una apelación que sonó como un contrapunto directo al lenguaje de guerra permanente que domina hoy el discurso oficial.




