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boca de pozo

Palantir, la empresa que convirtió los datos en un arma clave de EE.UU

Peter Thiel, su dueño y fundador, se compró una casa en Barrio Parque y ayer se reunió con Milei.

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Peter Thiel, cofundador Palantir creó un imperio a partir de la integración de datos extraídos de internet, se instaló en la Argentina y ayer se reunió con Milei. ¿Qué piensa? ¿Su manifiesto le da forma a una filosofía política seria o es una estrategia para posicionar lo que vende?

Cada vez que una persona se conecta a internet deja datos sobre búsquedas, ubicaciones, hábitos, consumos, vínculos, rutinas, etc, etc. Esos datos suelen servir para fines comerciales, pero también pueden transformarse en insumos para inteligencia, persecución o guerra.

En ese terreno, ninguna empresa logró una centralidad comparable a la de Palantir, la firma estadounidense que desarrolló uno de los sistemas de análisis de datos más sofisticados del mundo y que hoy opera como una herramienta estratégica para el gobierno de Estados Unidos y varios de sus aliados.

Su origen está directamente ligado al trauma del 11 de septiembre de 2001. La lectura que dominó entonces en Washington fue que los atentados habían expuesto una falla crítica: distintas agencias tenían información relevante, pero no la habían integrado. En otras palabras: La Agencia de Seguridad Nacional, la CIA y el FBI tenían las piezas del rompecabezas, pero como no integraban la información que cada uno tenía, no supieron interpretar los datos para convertirlos en información relevante. Palantir nació para resolver exactamente ese problema.

De PayPal a la CIA

La semilla tecnológica de la empresa se remonta a PayPal, donde sus fundadores habían desarrollado sistemas para detectar fraudes en transacciones online. Ese antecedente llamó la atención del FBI y, después del 11-S, abrió la puerta a un proyecto mayor: adaptar esa lógica al mundo del espionaje y la seguridad nacional.

El salto decisivo llegó cuando Palantir recibió financiamiento de In-Q-Tel, el brazo inversor de la CIA. Pero el respaldo no fue sólo económico. También implicó acceso directo a analistas de inteligencia, algo que le permitió a la empresa diseñar su software junto a quienes después lo usarían en operaciones reales.

Ese origen explica buena parte de su ADN. Palantir no nació como una firma tecnológica neutral que luego fue capturada por el Estado. Nació para integrarse a la maquinaria de seguridad de Estados Unidos.

La empresa que se piensa como guardiana de Occidente

Palantir fue fundada por Peter Thiel y quedó bajo la conducción de Alex Karp, un personaje singular dentro del capitalismo tecnológico estadounidense: doctor en filosofía alemana, con un pasado liberal, pero cada vez más alineado con una visión dura sobre el poder, la superioridad occidental y la necesidad de sostener la supremacía militar de EE.UU.

La compañía tomó su nombre de las piedras de visión de El Señor de los Anillos, capaces de mostrar lo que ve el enemigo. No es una metáfora menor: su negocio consiste justamente en eso, integrar información dispersa, detectar patrones, anticipar movimientos y convertir datos en información para decidir.

Con el tiempo, Palantir fue construyendo una identidad cada vez más explícita. Ya no sólo se presenta como proveedora de software, sino como una empresa comprometida con la defensa de “Occidente” frente a sus adversarios estratégicos. En esa lógica, decidió no vender sus productos a países como China o Rusia, pero sí profundizó su relación con Israel, Reino Unido, Ucrania, Alemania, Francia, Canadá, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

Del combate al terrorismo a las guerras actuales

La expansión de Palantir fue acompañando las prioridades geopolíticas de Washington. Sus herramientas fueron utilizadas en la operación que llevó a la ubicación y muerte de Osama bin Laden en 2011, y también en la retirada estadounidense de Afganistán en 2021.

Hoy su software se usa para identificar objetivos militares en Irán, para operar drones desplegados por Estados Unidos en Medio Oriente y para desarrollar sistemas de defensa como el llamado “Domo dorado”, uno de los proyectos insignia de la segunda presidencia de Donald Trump.

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La empresa también mantiene una relación estrecha con el Mossad y con las fuerzas armadas israelíes, que recurrieron a sus sistemas con más intensidad después del 7 de octubre de 2023. En ese punto, la tecnología de análisis de datos dejó de ser una herramienta auxiliar: pasó a convertirse en parte central del dispositivo militar.

Del campo de batalla a la persecución migratoria

El alcance de Palantir no se limita a la guerra. Sus sistemas también son usados por agencias como el ICE, el organismo migratorio estadounidense encargado de localizar, detener y deportar migrantes.

Ese uso abrió una de las controversias más fuertes sobre la compañía. Porque la misma tecnología que puede servir para coordinar una operación militar o detectar un fraude financiero también puede ser utilizada para profundizar políticas de vigilancia, control y persecución sobre población civil.

La empresa se defiende diciendo que no decide cómo se utiliza su software y que esa responsabilidad corresponde a los gobiernos que lo compran. Pero ese argumento cada vez convence menos a sus críticos, dado el seso ideológico de una empresa que no ofrece sus servicios al mundo libremente.

La velocidad del algoritmo y el riesgo sobre civiles

Uno de los principales cuestionamientos a Palantir apunta al modo en que sus sistemas procesan información a gran velocidad y producen recomendaciones o identificaciones que luego se usan en operaciones concretas.

El problema no pasa sólo por la capacidad técnica, sino por el margen de error que puede introducir esa lógica cuando se combina con decisiones militares o represivas. Cuanto más veloz y automatizado es el análisis, menos espacio queda para verificar si un objetivo está bien identificado o si se trata, en realidad, de población civil.

La empresa insiste en que siempre debe haber un ser humano tomando la decisión final. Pero esa respuesta deja abierto un dilema más profundo: si una herramienta es decisiva para seleccionar objetivos o acelerar capturas, ¿hasta dónde puede desentenderse de las consecuencias?

Un poder que ya no es sólo tecnológico

Palantir vale hoy más de US$380.000 millones y sigue creciendo. Trabaja no sólo con gobiernos, sino también con grandes compañías civiles como Airbus, Panasonic, Merck e incluso Ferrari en la Fórmula 1.

Esa expansión muestra que ya no se trata sólo de una empresa de software. Se trata de un actor con influencia directa sobre cómo se administra información crítica en seguridad, salud, migración, negocios y defensa.

Y ahí aparece el núcleo del debate. Porque detrás de la promesa de eficiencia y orden en el caos de los datos, lo que emerge es otra cosa: un modelo de poder que convierte a la información en instrumento de vigilancia, control y guerra.

La discusión que rodea a Palantir ya no es si su tecnología funciona. Todo indica que funciona, y demasiado bien. La pregunta es otra: qué responsabilidad le cabe a una empresa que construyó su negocio ayudando a los Estados a perseguir, identificar, deportar o atacar.

En un mundo donde la inteligencia artificial empieza a definir cada vez más áreas de la vida pública, Palantir aparece como un anticipo brutal de ese futuro. Un futuro en el que los datos ya no sólo sirven para vender mejor, sino también para vigilar mejor, castigar mejor y matar mejor, si tal cosa pudiera ser mejorable.

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¿Quién es Alex Karp?

Alex Karp no es sólo el CEO de Palantir. Es, junto a Peter Thiel, uno de los intérpretes más explícitos de una filosofía política y tecnológica que viene ganando peso en Estados Unidos: la idea de que el poder de Occidente debe preservarse no tanto a través de consensos democráticos o reglas multilaterales, sino mediante superioridad militar, control de datos e inteligencia artificial aplicada a la seguridad. En esa visión, la tecnología no es una herramienta neutral ni un simple negocio. Es una forma de poder.

Alex Karp y Peter Thiel se conocieron en la Universidad de Stanford.

Thiel aportó desde el inicio el núcleo duro de esa concepción. Su desconfianza hacia la democracia liberal, su defensa cerrada de la libertad económica y su obsesión por construir dispositivos capaces de proteger a Estados Unidos de sus enemigos moldearon el ADN de Palantir. Karp, que venía de otro recorrido intelectual, terminó ocupando el lugar del traductor público de ese ideario: un empresario que habla como filósofo, pero que defiende una arquitectura de vigilancia y guerra apoyada en software, integración masiva de datos y capacidad de anticipación.

Por eso Palantir nunca quiso presentarse sólo como una firma más de Silicon Valley. Su relato es más ambicioso. La empresa se piensa a sí misma como un actor de frontera entre el Estado, los servicios de inteligencia y el complejo militar-tecnológico. Su misión no sería simplemente ordenar datos, sino darle a Estados Unidos y a sus aliados la posibilidad de “ver” mejor que sus adversarios, decidir más rápido y actuar con ventaja en conflictos, operaciones de inteligencia o tareas de control interno. En sus intervenciones, tratan de dejar claro que buscan moldear el orden político que se viene.

Para ellos, en un futuro cercano, el poder disuasorio de la industria militar ya no pasará por el desarrollo atómico sino por la inteligencia artificial, y la defensa de los valores occidentales no será a através del multilateralismo, la colaboración y la diplomacia sino a través de la confrontación, la disuasión o la guerra. Por eso también, su manifiesto abre una pregunta: ¿se trata de una filosofía política o de una maniobra para moldear una gobernanza dependiente de los servicios que ellos venden?

Incluso si sus postulados son intelectualmente honestos, no se puede dejar de observar que cuando la única herramienta a disposición es un martillo, todos los problemas se parecen a un clavo.

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