Política
Bunge cerró su planta de fertilizantes en Campana y BASF reduce un turno en Rosario
Bunge reemplazará la producción local importando desde China.
En menos de 48 horas, dos multinacionales de la industria química anunciaron recortes en sus operaciones argentinas con las mismas justificaciones y resultados distintos. Bunge cerró definitivamente su planta de fertilizantes en Campana (operativa desde 1968) y despidió a entre 110 y 137 trabajadores directos; sumando personal indirecto, la estimación gremial trepa a 200 familias afectadas. BASF, en paralelo, anunció que su planta de General Lagos, en el cordón industrial sur de Rosario, reducirá un turno de producción a partir del 1° de noviembre, tras dejar afuera a 13 operarios encuadrados bajo la figura de retiros voluntarios.

Son dos velocidades distintas de la misma tendencia.
Bunge y un cierre inesperado
El anuncio de Bunge fue sorpresivo en el peor sentido posible. La planta estaba en su parada anual programada para mantenimiento e inversiones cuando los directivos convocaron al personal para informar el cierre definitivo de las líneas de producción de amoníaco y tiosulfato de amonio, dos insumos clave para la fabricación de fertilizantes agrícolas. En mayo, sin señales de alarma, se había firmado el acuerdo paritario de manera habitual. “Esto nadie lo hubiese esperado de Bunge”, declaró un dirigente gremial a medios especializados.
La empresa argumentó una combinación de factores: limitaciones de infraestructura y tecnología de una planta con más de 50 años de operación, cambios en las condiciones del mercado y dificultades en el abastecimiento de insumos. Lo que no dijo explícitamente pero se desprende de la lógica del negocio: la producción local dejó de ser competitiva frente a la importación. El tiosulfato de amonio y el amoníaco llegarán desde China.
Bunge tiene más de 140 años de presencia en Argentina, emplea a unos 4.500 trabajadores y cuenta con alrededor de 60 instalaciones en el país. El cierre se limita, según la empresa, a esas dos líneas en Campana. El Sindicato Químico y Petroquímico de Zárate-Campana anunció que pedirá una audiencia urgente ante el Ministerio de Trabajo para abrir una instancia de negociación.
El caso no es el primero en la zona. Campana acumula cinco cierres industriales en menos de dos años: en mayo de 2026 cerró Cabot Argentina (la única productora local de negro de humo para neumáticos y caucho), y antes habían caído Clariant en Zárate (junio 2025, 42 trabajadores) y Archroma (25 puestos).
Qué pasa en BASF
A 150 kilómetros de distancia, en General Lagos, BASF presentó su decisión con la terminología habitual: “optimización de su modelo productivo” y un comunicado que asegura que la medida busca “fortalecer la competitividad y sostenibilidad de la operación del negocio de dispersiones y resinas en el largo plazo”.
La planta que produce dispersiones poliméricas y aditivos para pinturas, impermeabilizantes, adhesivos e insumos de construcción e industria pasará de tres a dos turnos el próximo 1° de noviembre. En el mismo predio funciona un centro de distribución de productos para protección de cultivos.
El Sindicato de Trabajadores Químicos de Rosario tiene otra lectura. Según el gremio, la reducción de actividad ya dejó a 13 operarios fuera de la fábrica, con despidos instrumentados como retiros voluntarios. De los aproximadamente 150 trabajadores directos e indirectos que tiene el establecimiento, unos 70 están bajo convenio químico. BASF subrayó que la decisión “no implica el cierre de General Lagos” y enumeró los mismos factores que Bunge: caída de la demanda, sobrecapacidad instalada a nivel local y regional, presión sobre los precios y peso de los costos fijos.
La apertura importadora y los costos locales sin corrección suficiente empujan hacia afuera incluso a industrias que no padecen caída del consumo.
La industria manufacturera en general acumula una caída de -2,5% en lo que va de 2026 y perdió más de 90.000 puestos formales desde agosto de 2023. Lo que los casos de Bunge y BASF agregan al cuadro es que el ajuste ya no ocurre solo en las pymes: también alcanza a multinacionales con décadas de historia en el país y con capacidad técnica para calcular cuándo es más barato importar que producir.





