Internacionales
Dólar pierde defensas exteriores: análisis del debilitamiento de su hegemonía
Washington interviene en mercados de yenes y bonos para defender la vulnerabilidad financiera del dólar, revelando erosión de su hegemonía…
A finales de julio, Reuters publicó una fotografía de la lista de tareas del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, que contenía un único punto: comprar entre 5.000 y 10.000 millones de dólares en yenes. El hecho, aparentemente técnico, revela una inquietud más profunda en Washington: la creciente vulnerabilidad financiera del dólar y la necesidad de defender su hegemonía mediante intervenciones en mercados periféricos.

Las intervenciones de Bessent sobre el yen y el mercado de bonos no son gestos aislados. Representan un patrón de defensiva que recuerda a los últimos años de Bretton Woods, cuando el sistema de tipos de cambio fijos comenzaba a colapsar. Entonces, como ahora, proteger la moneda de reserva exigía defender primero su periferia: mercados secundarios y divisas aliadas que funcionaban como amortiguadores del sistema.
La compra de yenes japoneses es una operación de estabilización cambiaria. Cuando una moneda se debilita demasiado rápido, los bancos centrales intervienen comprando su propia divisa en los mercados internacionales para frenar la caída. En este caso, Bessent actúa sobre una moneda extranjera, lo que sugiere que el yen se ha fortalecido más de lo que Washington considera conveniente. Un yen fuerte presiona las exportaciones japonesas y, indirectamente, revalúa el dólar de forma indeseada.
El trasfondo es más complejo. La vulnerabilidad del dólar no surge de la nada. Años de déficits fiscales estadounidenses, inflación persistente y tasas de interés en competencia con otras economías han erosionado la confianza en la moneda. Cuando los mercados dudan de la solidez de una divisa de reserva, los bancos centrales y los inversores institucionales comienzan a diversificar sus tenencias. Eso acelera la depreciación y obliga a intervenciones cada vez más agresivas.
Para América Latina, estas turbulencias tienen consecuencias directas. Un dólar débil presiona los términos de intercambio de los países exportadores de materias primas, reduce el valor de las remesas en dólares y complica la refinanciación de deudas denominadas en esa moneda. Argentina, en particular, sufre volatilidad cambiaria amplificada: si el dólar se deprecia globalmente, el peso se ve arrastrado, pero si el dólar se fortalece localmente por fuga de capitales, la brecha entre tipos de cambio oficiales y paralelos se ensancha.
La referencia de Harold James, autor del análisis, a la frase de Mario Draghi —quien en 2012 prometió hacer «lo que sea necesario» para salvar el euro— es reveladora. Draghi logró estabilizar la moneda europea mediante un compromiso creíble de intervención ilimitada. Bessent intenta algo similar con el dólar, pero en un contexto más frágil: la hegemonía del dólar descansa en la confianza política y económica de Estados Unidos, no solo en operaciones técnicas de mercado.
Las defensas exteriores del dólar ceden porque la fortaleza interna se erosiona. Las intervenciones puntuales en mercados de yenes y bonos son parches sobre una estructura que requiere reformas más profundas: reducción de déficits fiscales, estabilidad de precios y credibilidad institucional. Sin ellas, cada intervención será más costosa y menos efectiva, y el sistema monetario internacional seguirá buscando alternativas al dólar.






