Internacionales
El renacer atómico
El renacer nuclear se afianza con crisis geopolíticas, demanda digital y descarbonización.
Hace no mucho, la narrativa de la transición energética en Occidente parecía clara: un futuro verde y seguro alimentado por energías renovables intermitentes y, en un guiño pragmático, gas natural, preferiblemente barato y proveniente de Rusia. Pero la geopolítica, ese “cisne negro” impredecible, irrumpió en el tablero.
La crisis energética desatada en Europa obligó a un giro estratégico que nadie anticipaba: la energía nuclear, la gran olvidada y demonizada, ha vuelto para reclamar su lugar en la mesa de las grandes potencias.
Un Nuevo mapa energético global
El renacer nuclear no es una casualidad; es la respuesta a una tormenta perfecta de tres factores. El primero es el factor geopolítico: la dependencia del gas ruso expuso la vulnerabilidad de la seguridad energética europea. La interrupción del suministro no solo encareció la energía y afectó a millones de hogares, sino que forzó a la Unión Europea y a Estados Unidos a buscar la autonomía a cualquier costo. La energía dejó de ser una mercancía para convertirse en una herramienta de poder.
A finales de 2021, el mundo tenía 437 reactores en 32 países, que proveían cerca del 10% de la electricidad global. Hoy, con más de 50 unidades en construcción, se busca incrementar esa capacidad en un 20% en el corto plazo. El objetivo más ambicioso, según el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), es triplicar la capacidad actual para 2050, lo que requeriría una inversión anual de más de 150 mil millones de dólares.
El segundo factor, más moderno y con datos que lo hacen particularmente atractivo, es la voracidad digital. La inteligencia artificial, el cloud computing y la computación masiva demandan cantidades ingentes de energía 24/7. ¿Quién proveerá la electricidad para que los servidores de Google, Amazon y Microsoft no se apaguen? Estas gigantes tecnológicas ya no esperan por las redes; están invirtiendo en reactores modulares pequeños (SMRs) para asegurar su propio suministro, una muestra del cambio de mentalidad en las élites tecnológicas.
Finalmente, el factor climático mantiene su peso. A pesar de los miedos post-Fukushima y Chernobyl, la energía nuclear no emite gases de efecto invernadero. En un mundo donde la urgencia por descarbonizar la economía es cada vez mayor, la energía atómica se presenta como una opción viable para complementar a las renovables, que a menudo son intermitentes.
La revolución de los Pequeños Reactores Modulares (SMRs)
La gran disrupción que hace viable este renacer nuclear son los SMRs. Estos reactores, con una capacidad de hasta 300 MW, son físicamente una fracción del tamaño de las centrales convencionales.
Su característica clave es la modularidad: los componentes se ensamblan en fábrica y se transportan como una sola unidad a su lugar de instalación. Esta cualidad los hace más asequibles y rápidos de construir, permitiendo su despliegue gradual para ajustarse a la demanda.
Pero los beneficios de los SMRs van más allá de la economía y el tiempo. Su diseño es inherentemente más seguro, con sistemas pasivos que dependen de fenómenos físicos como la gravedad o la convección, eliminando la necesidad de intervención humana en caso de emergencia. Esta característica reduce drásticamente el riesgo de emisiones peligrosas, abordando la principal preocupación de la opinión pública.
Además, su menor producción eléctrica les otorga una flexibilidad sin precedentes. Los SMRs pueden instalarse en redes existentes o en ubicaciones remotas sin conexión a la red, sirviendo a comunidades rurales, a industrias aisladas o incluso a los grandes centros de datos.
Esto los posiciona como una herramienta crucial para alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 7 de acceso universal a la energía. El primer ejemplo comercial de esta tecnología es el Akademik Lomonosov de Rusia, la primera central nuclear flotante del mundo.
La carrera global por el átomo
Ante este escenario, se ha desatado una nueva carrera geopolítica. Estados Unidos lidera la carga, no solo invirtiendo, sino simplificando radicalmente los procesos burocráticos para que la construcción de reactores no demore más de 18 meses. Su apuesta es clara: dominar el mercado de los pequeños reactores portátiles, que son más seguros, escalables y rápidos de construir que las centrales tradicionales. Con más de 90 reactores en funcionamiento, el país es el mayor productor mundial y alimentó a más de 72 millones de hogares en 2023.
Pero no están solos. China se ha convertido en un competidor formidable, con 29 reactores en construcción. El gigante asiático no solo busca el liderazgo en potencia, sino que también está innovando para transformar residuos radiactivos en combustible, una jugada maestra que podría liberarlos de la dependencia del uranio. Incluso Rusia, a pesar de las sanciones, sigue siendo la nación más activa en exportar tecnología nuclear, usándola como una poderosa herramienta de poder blando. El regreso más simbólico, quizás, es el de Japón, que tras el desastre de Fukushima, planea reactivar sus reactores para asegurar su producción eléctrica.
El rol de Argentina y los desafíos pendientes
En este panorama global, Argentina se encuentra en una posición particular. Con una sólida tradición científica y experiencia en el desarrollo de SMRs como el CAREM-25, el país podría ser un actor relevante en un mercado que se estima que alcanzará los 7 mil millones de dólares para 2030. Sin embargo, los proyectos locales sufren de la falta de financiamiento y de políticas de estado consistentes. Mientras su sistema científico-tecnológico, como las legiones de Sicilia de Publio Cornelio Escipión, avanza a pesar del escaso respaldo, la falta de una visión estratégica clara amenaza con dejar al país fuera de esta nueva era geopolítica.
El renacer nuclear, además, enfrenta serios desafíos. Los altos costos y la percepción pública aún son barreras significativas, en parte alimentadas por el fuerte lobby de la industria petrolera contra esta fuente de energía.
En conclusión, el renacer de la energía nuclear no es solo un debate técnico o económico. Es un fenómeno geopolítico que está reescribiendo el mapa del poder global. A medida que el mundo se enfrenta a los desafíos de la seguridad energética, la descarbonización y la creciente demanda de la era digital, el átomo, que alguna vez fue sinónimo de peligro, emerge como el nuevo garante de la estabilidad, definiendo quiénes serán los líderes del futuro.




