Política
Vertical y horizontal en un “gobierno del pueblo”
Por Carlos Ceballos.
Escuchamos con frecuencia que el mundo se derrumba, que su orden se disuelve y todo tiene un previsible resultado caótico. Al final del proceso las partes quedarán dispersas por el suelo, como en cualquier edificio torre que pierde su vertical, y que ha llegado a ella través de un período de aproximación. Se derrumba por pisos.
En este período, que lleva algunos siglos, los Estados de Occidente han desarrollado un sistema de gobierno al que llaman democracia (del griego “dēmokratía” de demos = pueblo y kratos = gobierno), que además de su función específica ha sido un argumento basal para justificar la intervención de algunos de ellos en otros países, derribando gobiernos, provocando golpes militares y/o modificando sistemas, aun en aquellos cuya religión, cultura o historia los han llevado a organizar formas de gobierno distintas, pero que resultan inadmisibles para la comprensión e intereses de los agresores occidentales.
El desmedido uso de dicho argumento democrático ha producido un lógico desgaste en su credibilidad, lo que les ha impuesto corregir parcialmente el discurso dejando claramente a la vista que la intervención en otros Estados persigue propósitos como el control de los recursos y/o la subordinación geopolítica, que implican antes o después la necesidad de instalar la “democracia libre”. Esta necesidad es imprescindible puesto que resulta esencial para el encubrimiento del horror subsiguiente donde la hipocresía reinará en el inmediato dominio de las oligarquías de los ámbitos locales y en la influencia territorial de los poderes mundiales en el plano global.
A excepción de las democracias socialistas del este europeo controlado por la Unión Soviética, en los países occidentales la democracia, liberal desde su origen, ha presentado matices en su aplicación: funciona en las monarquías; puede acentuar el rol presidencial; puede ser parlamentarista; suele tener colegios electorales para elegir a los miembros del Poder Ejecutivo convirtiéndose en indirecta (en la Argentina se utilizaron desde 1854 hasta 1946 y luego en las elecciones de 1958 y 63); y otros modelos más facilitados por el laberíntico proceso de los sistemas deliberativos, mas esta variedad no impide que en todos ellos estén presentes los “representantes del pueblo”, que el “modernismo” ha constituido en el meollo del sistema. Esta presencia cuando es relevante pasa de ser un poder paralelo al ejecutivo, y llega a superarlo como sucede en ciertos países europeos haciendo secundaria su figura o llegando en los hechos a sustituirla por un primer ministro elegido por los mismos “representantes”.
La representación crea un campo intermedio en la relación entre el pueblo y su supuesta conducción, independiente de la forma del órgano o persona que la ejerza, quebrando la verticalidad propia de quien está vinculado directamente con lo superior. Esta es una fractura que colabora con el derrumbe del edificio y lo aproxima al terreno, horizontalizando sus relaciones.
En esta horizontalidad la conducción es difusa o directamente desaparece. Tiende a que todas las partes sean pares eliminando las jerarquías existentes entre las mismas. Cada miembro de los estamentos que componen el sistema (formalmente jerárquicos), no asume la conducción del pueblo sino que lucha por la posición dentro del mismo ámbito y su contexto, e intenta formar una opinión y una imagen en la población que lo ubique por sobre sus pares competidores.
La tendencia hacia la horizontalidad se acentuó a partir de 1878 cuando el belga Víctor D’Hondt desarrolló un método para asignar los escaños en los cuerpos colegiados en proporción a los sufragios obtenidos, de tal modo que en Argentina un diputado que tuvo el 3% de los votos puede permitir sancionar o no una ley.
Los franceses hicieron su contribución con “la segunda vuelta” para elegir al Ejecutivo (ballotage), consolidando la “democracia de las minorías”*. En nuestra Patria la instauró la dictadura en 1972 buscando derrotar al Gral. Perón, luego se desactivó, y en 1994 se incorporó a la Constitución permitiendo que ganen los que pierden, como ocurrió en las elecciones de 2015 y 2023.
El liberalismo no puede evitar que se exprese su consciencia oligárquica: divide para dispersar y corromper y, sobre ese conjunto, conduce desde fuera del sistema mismo.
Estos “representantes” votados por el pueblo tienen un mandato libre, es decir que en su función son libres para actuar de una u otra manera, responda o no a lo dicho o prometido a sus electores con anterioridad.
Pero no siempre fue así. En tiempos previos a la Revolución Inglesa, a fines del siglo XVII, recibían instrucciones escritas de las que no podían apartarse bajo pena de revocación del mandato, y su consecuente descrédito político en el electorado.
El encargado de erradicar esta limitación fue el parlamentario anglicano nacido en Irlanda Edmundo Burke (1729-1797) quien sostuvo “que era inconcebible que el representante debiera obedecer, votar y defender órdenes que estuvieran en contra de sus convicciones y conciencia”; que el parlamento británico no era “un congreso de embajadores que defienden intereses hostiles y distintos, sino que por el contrario una vez que son elegidos los representantes defienden un solo interés: el de toda la nación; que el elegido no tiene nada más que agradecer que la confianza recibida; que en realidad eso es el voto: una dación de confianza y que no implica aceptar ningún tipo de instrucción”**.
A la misma conclusión llegaron los norteamericanos que lo dejaron expuesto en la Declaración de la Independencia y en su constitución de 1787, al igual que la Revolución Francesa de 1789 que incluyó “la prohibición de las instrucciones a los mandatarios políticos o sea la libertad prácticamente absoluta para los representantes….” Será Emanuel Siéyes (1748-1836) quien siendo miembro de los Estado Generales de Francia afirmará: “Lo que los ciudadanos entregan a su diputado es su confianza, no sus instrucciones. Si dictaran voluntades el Estado ya no sería representativo, sino democrático. La diferencia entre esos dos sistemas políticos es enorme”.
El revolucionario Siéyes retira los velos de la hipocresía: ya no se trata de un gobierno del pueblo sino solo de una representación.
Esta falacia de la “modernidad” europea no se repitió en América hasta las guerras de la Independencia y la posterior balcanización política del continente que, traicionando la herencia hispana, nos trajo las instituciones del liberalismo.
En nuestra Patria con dinero brasileño Urquiza venció a Rosas en Caseros y obtuvo entre sus frutos más preciados la Constitución nacional de 1853 que dejó claramente establecido que el pueblo solo gobierna por medio de sus “representantes”; fórmula que recientemente la Reforma de 1994 aseguró con candado al agregar que los candidatos surgirán únicamente de los partidos políticos que ellos mismos, futuros representantes, componen.
El “sistema democrático” está completo, hacen ver, pero no ha podido detener el derrumbe, y en estos días en la Argentina parece haber estallado. No obstante sus formas permanecerán un tiempo más y en él difícilmente puedan resolver la distancia que ha generado entre sus estructuras y las necesidades y aspiraciones del pueblo. Distancia que es un vacío que ha dejado al pueblo sin conducción y al Régimen prisionero del cerco que él mismo levantó producto de su codicia y su sectarismo. Un vacío entre la horizontal del muro del sistema y la horizontal del pueblo disperso.
El 1° de Mayo de 1951 el Presidente Perón en su discurso anual de apertura de las sesiones legislativas afirmó: “… la única posibilidad de conciliar el gobierno con la libertad del pueblo es gobernar con las organizaciones del pueblo. Es la única forma por medio de la que el gobierno puede arbitrar soluciones justas para las organizaciones del pueblo, para su felicidad y para su grandeza. Hacer lo contrario sería no gobernar con el pueblo. Vale decir: ejercer una verdadera dictadura, de la que tanto nos acusan los “nuevos” defensores de la libertad.”
Desde esta concepción se comenzó a edificar una democracia social, orgánica y directa. La Argentina sostuvo una posición vertical, que no solo es jerarquía sino también dignidad. El conjunto del pueblo tuvo una conducción, pues más allá de las opiniones particulares, la Nación tenía un rumbo sobre el cual los que querían tenían su parte de decisión y responsabilidad.
En este período de algo más de 30 años se demostró que es posible el desmontaje de la “democracia liberal” operando en todos sus campos dentro de un proceso que avanza al ritmo que crece la organización popular y se encamina hacia la Comunidad nacional organizada.
Hoy solo queda elegir entre abatirse sobre la horizontal del partido político democrático u organizarse comunitariamente en la posición vertical de la Nación.
El pueblo siempre dirá: “…El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mat. 12,30)
* Es notorio que “socialistas”, “justicialistas” y “nacionales-populares” partícipes de esa Constituyente aceptaran este
artículo, como también que ninguno de ellos lo haya combatido en los siguientes 32 años.
** Alejandro Larriera -“El mito del mandato libre en la representación política y la tradición del pensamiento
latinoamericano”.




