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Política

La Argentina paralela

Por Carlos Ceballos.

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Es general la consciencia de que esta etapa histórica en la que vivimos llamada “Modernidad” está culminando su proceso agónico, y que el prefijo “post” solo agrega algunas nuevas calamidades al presente que no cuestionan la esencia de aquella, sino más bien la revelan en toda su auténtica crudeza y magnitud.

Por sobre los cambios que fueron surgiendo en la superficie de la historia a lo largo de los últimos 500 años, los pilares que la cultura de Occidente muestra hoy como el individualismo, el agnosticismo y la ruptura con lo sagrado ya estaban en potencia en los alrededores del siglo XVI durante la Reforma Protestante de Lutero y Calvino y en la afirmación de Descartes “pienso luego existo”.

Del mismo modo, la explotación del trabajador y el avance de la máquina sobre el hombre, fenómenos planetarios de la actualidad, ya aparecían en la Revolución Industrial inglesa de la mano de la “libertad de comercio”; mientras el engaño y el ideologismo como política instalados en las democracias liberales de nuestros días fueron instrumento decisivo durante la Revolución Francesa de 1789, útiles en sus matanzas de sacerdotes, cortesanos y adversarios políticos.

Con estas y otras herramientas, la “herejía del modernismo” ha producido finalmente la “muerte de la cultura occidental”, fácilmente apreciable en Europa, su cuna, pero también visible en aquellos continentes donde los poderosos Estados europeos fueron durante siglos a dividir y someter a otros pueblos, generando miserias y violencia.

El desarrollo alcanzado por la herejía ha finalmente corrido el velo que ocultaba la hipocresía de la “Modernidad”, dejando a la humanidad frente a una catástrofe que vivimos con la angustia que provoca el temor a la guerra inminente, con multitud de jóvenes suicidios; seres asesinados en los vientres de sus madres; drogas; pérdida del sentido de la vida; consumismo estúpido, egoísmo, codicia desenfrenada; etcétera, es decir, una realidad controlada por el mal que hoy castiga a buena parte de la generación viviente.

El mundo se derrumba y los argentinos estamos en él. El problema se enuncia solo: ¿qué hacemos con la Argentina?

Los poetas del tango han insistido en sus obras sobre la necesidad del volver. La insistencia, en sus variadas formas, permite inferir que remiten al origen. Volviendo entonces al origen de América encontramos en él la existencia de otra “Modernidad”, diferente a la del Norte europeo, ya que en el siglo XVI aquí no estuvieron Descartes y Lutero sino Colón y la Virgen de Guadalupe, y no hubo inmanencia ni división sino Cruz, valor y la suscitación de una devoción religiosa que se resume en una Basílica visitada por millones de personas al año.

Y este principio de la Edad Moderna hispanoamericana rápidamente creó un pueblo nuevo, un pueblo mestizo que en su fusión preanunciaba una fraternidad recientemente propuesta para la humanidad toda por el Papa Francisco. Un pueblo que, siguiendo los Evangelios, refugia sus valores fundamentales en los humildes y socorre al necesitado, imitando a la Virgen que para encargar una misión eligió a un indio perteneciente a una etnia sometida por los aztecas y se le presentó en un monte mexicano (1531).

Esta presencia divina se reiteró por doquier en el continente, y en nuestras tierras argentinas, cuando aún eran parte del Reino del Perú en los inicios del siglo XVII, fue razón de devociones que movilizaron y movilizan millones de cristianos en peregrinaciones a los santuarios de Luján, Itatí y del Valle de Catamarca, donde María se hizo presente.

Tanto en lo divino como en lo humano, las diferencias son sustanciales con la génesis de la “otra modernidad”, sugiriendo que esta distancia en el origen debe ser correspondida por una distancia en la salida, aun cuando con el correr de los siglos la “modernidad” del Norte haya infiltrado entre nosotros rasgos de su cultura sostenida en su poder económico y el desarrollo de su técnica y aparezca, para un enfoque materialista, como vencedora de la etapa.

La fe cristiana fundó una cultura sostenida por la Cruz que todos aquellos conquistadores plantaron en el centro de las plazas que inauguraban a su arribo. Esta fe, acompañada por la lengua castellana, constituyen los cimientos de toda obra y toda organización que pretenda salvar los restos de nuestra Argentina mal herida.

Nuestro pueblo tiene una marcada inclinación a organizarse y, entre sus formas, la comunidad territorial —que puede encontrarse todavía en ciertas pequeñas localidades y en algunos barrios urbanos o porciones de ellos— es decisiva en esta lucha por la salvación de la patria. En ellas no cuenta mucho el número de sus miembros sino fundamentalmente la ocupación del territorio, donde la vida funciona a partir de valores compartidos, valores que definen naturalmente el derecho comunitario y establecen normas que las necesidades de la comunidad exigen, consecuencia lógica de la cultura que hemos construido a lo largo de los 400 años que lleva Argentina siendo así nombrada.

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La comunidad equilibra los intereses de la totalidad de sus miembros con los de cada individuo que la compone, edificando un Común que la obliga a funcionar para todos, oponiéndose por ello al individualismo liberal.

Este comportamiento representa a la vez el límite físico de la comunidad, que no necesita de muros ni alambradas, puesto que la línea de frontera está abierta para todo aquel que desee compartir una vida sostenida en la solidaridad y la convicción de que el todo es superior a la parte y, por lo tanto, su realización personal será en un conjunto que también se realiza.

Esta frontera se extenderá en la medida que crezca ese compartir, crecimiento que tendrá las limitaciones que el Régimen y sus reglas imponen por presencia y por la cantidad de recursos que dispone, pero que podrán ir superándose en tanto las aspiraciones y la organización de la comunidad se conviertan en un poder sobre el territorio ocupado, definiendo su identidad con más y mayor precisión.

Citar al poder es referirse a la política, y esta, en la edificación de comunidades territoriales, no puede ser otra que servicio, producto del amor que conduce. Con él, la conducción resolverá los conflictos internos que las debilidades de los hombres no dejarán de provocar y los conflictos externos que el Régimen no evitará, ya que es consciente de que está frente a su enemigo. Levantar otro orden social en el territorio, cualquiera sea su tamaño, no convierte al intento en un proyecto de paraíso en la tierra, sino que implica un combate por radicar una forma de vida social y orgánica que viene de tiempos antiguos y que nosotros hemos heredado a través de España, argentinizándola y adecuándola a las condiciones del momento, que en otros años fue lucha por la independencia, por la justicia, por los derechos civiles, laborales, etcétera, pero siempre orientada hacia la felicidad del pueblo.

La Argentina paralela no es producto de una política separatista, ya que lo que ha abandonado la Argentina es el “Estado oficial”, el que firma los documentos públicos, sale por televisión y participa de la catástrofe occidental en curso; son ellos los que transitan un camino paralelo al propio, al auténtico de la Nación.

En rigor de verdad, la Argentina paralela es la verdadera Argentina. La única. La que habitan los argentinos que conservan la voluntad de vencer, voluntad que podremos manifestar en miles de comunidades que, por su solo andar, prevalecerán sobre la presencia adversa de la República oficial, convirtiendo de a porciones en pueblo a la masa manipulable y estupidizada que el enemigo pretende formar con la población de nuestra patria, sosteniendo a la vez la esperanza de rescatar del desastre a la Argentina completa.

«El pueblo argentino es un pueblo espléndido… Un pueblo que ha podido dar esta extraña guerra sin esperanzas materiales casi, confiando más en las fuerzas del corazón y del espíritu, es decir, en la Providencia, es decir, en el martirio en definitiva, ese es un gran pueblo… De aquí o de ninguna parte surgirá la salvación de América del Sur, si ella debe ser salvada…»
(P. Leonardo Castellani, Su Majestad Dulcinea, 1956)

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