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boca de pozo

El peronismo ante el desafío de volver a proponer un orden

Cómo fue que el partido del orden terminó asociado al caos.

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Desde el regreso de la democracia hasta el mandato de Alberto Fernández el peronismo fue identificado como la fuerza que Gobierna. A los ojos del electorado, podían hacerlo bien, regular o mal, pero gobernaban: es decir, daban un orden.

La última vez que se cristalizó esa idea quizás haya sido al inicio de la pandemia, cuando por las calles no volaba una mosca y un metro separaba a cada quien en la fila del supermercado: menos mal que están los peronistas si no esto era un quilombo, se podía escuchar

Unas semanas después, primero de manera silenciosa y luego sonora, el quilombo comenzó. El desorden interno empezó a ser cada vez más visible y se desparramó hacia el conjunto.

Pero volvamos a la idea de orden y peronismo. No se trata de juzgar el grado de pertinencia de las decisiones de gobierno de los mandatarios peronistas, malas decisiones tomaron todos: pero tanto Menem como Duhalde y Kirchner ordenaron, construyeron autoridad, tomaron decisiones que establecieron un modo y un grado de previsibilidad hasta en sus maneras de ser imprevisibles, heterodoxos e irreverentes. Todos ellos entregaron un país más ordenado que el que recibieron. Un orden que puede resultar incómodo, injusto o inconveniente según el lugar de cada quien, pero un orden al fin.

Cristina Kirchner, como segunda presidenta mujer en la historia argentina, buscó con éxito establecer su autoridad y darle a su mandato una impronta distinta al de su predecesor. Pero tras el conflicto con el campo en 2008 decidió echar luz abajo de la alfombra, una en la que Néstor Kirchner supo moverse como pez en el agua. Después de todo, en una democracia liberal un buen político es uno que transita con fluidez entre la alta exposición pública y la opacidad. Llega a la mesa de los argentinos sin rastros de la fábrica de hacer salchichas de la que acaba de salir.

En la transición entre el primer y segundo mandato de Cristina esa idea de dar luz donde había sombra apareció en sus discursos bajo la expresión «sintonía fina«. Parecía decir que tras dos períodos consecutivos de crecimiento, ordenamiento de la macro y mejoras en los sectores populares, había llegado el momento de revisar y poner en crisis aquellas formas de la institucionalidad que impedían moldear un programa peronista de desarrollo sostenible. Pero, una batalla tras otra arrojó como resultado una Nación en crisis con el poder judicial, con el sistema de medios de comunicación, ruptura total entre oficialismo y oposición, un conglomerado de empresarios agroexportadores que hasta parecían dispuestos a perder plata con tal de ver afuera a Cristina, y una ciudadanía harta de la conflictividad política. Para 2013, parecía estar toda la Argentina adentro de la fábrica de salchichas menos Cristina.

«Cristina postuló otro orden pero no lo hizo realidad»

Cristina propuso otro orden pero no lo hizo realidad: impulsó a otros dirigentes al calor de La Cámpora, pero el candidato a presidente terminó siendo Daniel Scioli; propuso otros medios, pero cuando arreció la primera batalla a la intemperie del Estado se borraron o sucumbieron ante la economía de mercado o la falta de institucionalidad; propuso democratizar la justicia pero arrinconó a casi todo el poder judicial con la dirigencia opositora y después los alentó a pelear. En definitiva, puso en crisis un orden que podía ser imperfecto, injusto o inmoral, pero no estableció un nuevo orden. La promesa de Néstor Kirchner, de hacer de la Argentina un país normal se había roto.

Ya en el Gobierno de Alberto Fernández pasó algo similar: Cristina torpedeó los amagues y expuso las inconsistencias de un Presidente que no calificaba para el puesto pero no se hizo cargo de establecer un orden. Después de todo, si era la conductora tenía la legitimidad para hacerlo, y si no lo era: entonces no la tenía. El tiempo parece indicar que sólo quiso tener razón. Tal vez la haya tenido, pero un líder peronista no está para eso. El peronismo se explica después, dicen por ahí.

En el Gobierno de Alberto, lo que se terminó de romper es la idea de que el peronismo llega al Gobierno para establecer un orden donde los demás no pueden. Y de eso Massa, pero sobre todo Cristina, no se pueden despegar. Porque todos los gobiernos fueron malos a los ojos de alguien, pero solo tres fueron un desorden a los ojos de todos: Alfonsín, De la Rúa y Alberto. Alberto y Cristina.

Tanto es así que, en medio de los desbarajustes que generó Milei en todos los frentes, ante la amenaza de un lunes negro y un peronismo en ascenso, el electorado eligió como siempre, al partido del orden: La Libertad Avanza y su alianza con Donald Trump.

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