Internacionales
La polarización: el veneno silencioso de la democracia
Cuando el voto protege al autoritarismo.
Las imágenes recientes de asaltos a edificios gubernamentales en Washington (2021) o Brasilia (2023), sumadas a la erosión institucional bajo líderes como Erdoğan en Turquía u Orbán en Hungría, nos lanzan una pregunta inquietante: ¿es la polarización una amenaza existencial para la democracia?
A primera vista, la respuesta parece un rotundo sí. Sin embargo, la situación es más compleja. Aunque el avance democrático global se ha frenado, no se ha revertido por completo. ¿Estamos ante una crisis pasajera o un cambio profundo? La incertidumbre es palpable, ya que la democracia es multifacética y nuestras teorías sobre el cambio político aún son imprecisas.
La paradoja: cuando el voto protege al autoritarismo
En la era post-Guerra Fría, la forma más común de colapso democrático ya no son los golpes militares. Ahora, la amenaza surge desde adentro: la subversión de la democracia por gobernantes elegidos democráticamente. El profesor Milan W. Svolik de Yale ha estudiado a fondo este fenómeno. Su investigación revela que, desde los años 90, las «tomas de poder del ejecutivo» —cuando los propios gobernantes socavan el sistema— se han disparado, representando cuatro de cada cinco colapsos democráticos desde el año 2000. Piensen en casos como los de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Vladimir Putin en Rusia o Recep Tayyip Erdoğan en Turquía. Lo más sorprendente es que estos líderes, a diferencia de los que llegan al poder por la fuerza, suelen mantener un apoyo popular significativo, incluso mientras desmantelan las instituciones democráticas.
Svolik llama a esto la «paradoja de la subversión de la democracia por parte de gobernantes electos«. El dilema reside en la tensión entre los principios democráticos y los intereses partidistas. Los votantes, a pesar de afirmar su compromiso con la democracia, a menudo se ven forzados a elegir: ¿apoyar a un líder que defiende sus intereses políticos o económicos, aunque socave la democracia, o votar por una oposición más democrática pero quizás menos atractiva en términos de políticas o liderazgo?
La popularidad del autoritarismo electoral y el poder de la emoción
Estas subversiones no son golpes repentinos; son una erosión gradual y «legalista» de las instituciones democráticas, a menudo disfrazadas de reformas constitucionales. Esto dificulta que los votantes identifiquen la amenaza a tiempo. Para cuando la democracia está seriamente comprometida, los votantes ya han tenido amplias oportunidades de observar las inclinaciones autoritarias de sus líderes, pero no las han castigado en las urnas. Incluso en países con un fuerte historial democrático, como la Venezuela de Chávez, el apoyo popular a la democracia coexistió con su desmantelamiento. La clave no es la ignorancia o el desinterés de los ciudadanos, sino la polarización.
Cuando hablamos de polarización, tendemos a pensar en diferencias de ideas, pero la evidencia muestra que es más bien un incremento en la intensidad de la animosidad afectiva. No es tanto lo que pensamos, sino lo que sentimos sobre el «otro» lo que alimenta esta división. Los estudios indican que la aversión es un rechazo visceral hacia quienes percibimos como una amenaza a la integridad de nuestro propio grupo partidario. Las identidades partidarias actúan como «insignias» emocionales, una adhesión visceral que trasciende las ideas racionales.
Los humanos somos seres sociales, pero también propensos a la confrontación. Formamos grupos con facilidad, y para la supervivencia, la cooperación dentro del grupo es vital, lo que a menudo nos lleva a ver lo «exterior» como una amenaza y a exigir una lealtad férrea entre los nuestros.
Esta dinámica tribal se ha intensificado en la política actual por cuatro factores clave: el surgimiento de líderes disruptivos, una competencia electoral exacerbada que centra la hostilidad en los oponentes, un partidismo negativo donde la aversión al contrario supera la afinidad por el propio, y una mayor intensidad de hostilidad en las derechas radicalizadas.
Esta combinación, sumada a perturbaciones sociales como la frustración económica o la desigualdad, reactiva nuestros comportamientos tribales, definiendo las identidades políticas en función de la oposición al «otro».
En muchos países, la afinidad partidaria se ha transformado en una «megaidentidad» que condensa estereotípicamente información sobre comportamiento electoral, moral, consumo y estética.
Argentina: el epicentro de la polarización global y la «bronca» política
La polarización política es un fenómeno global que socava democracias en todo el mundo. Sin embargo, en Argentina, este fenómeno adquiere una intensidad alarmante, posicionando al país como un caso extremo a nivel mundial.
Según el estudio «Navegando un mundo polarizado» de la consultora global Edelman para el Foro de Davos 2023, Argentina ostenta el título de país con mayor «polarización severa», superando a naciones como Estados Unidos o España. Lo más preocupante no es solo la profundidad de las divisiones, sino la profunda resignación social que las acompaña: un alto porcentaje de encuestados no cree que las fracturas puedan superarse.
Esta «grieta» se manifiesta en una desconfianza institucional generalizada. Apenas el 20% de los argentinos confía en su gobierno, la cifra más baja registrada globalmente. Esta desconfianza es un «círculo vicioso» que los propios actores políticos, al «jugar a la polarización», no hacen más que alimentar. El 64% de los argentinos percibe una división social mayor que en el pasado, y la mayoría cree que superar estas diferencias es extremadamente difícil.
La «bronca»: más allá de la ideología
La polarización no es una invención argentina; es una «droga oculta» global que ha crecido un 40% en los últimos cinco años. El neurocientífico Mariano Sigman explica que la polarización ideológica, más allá de las ideas racionales, genera emociones intensas como la ira, impulsando a tomar decisiones perjudiciales.
Esta «bronca» con la situación del país se ha convertido en un motor de la participación ciudadana en Argentina. Encuestas recientes revelan que la respuesta mayoritaria al consultar sobre la «situación actual del país» fue: «me da bronca». Esto se traduce en un «voto bronca» en las urnas, con niveles inusualmente altos de votos nulos y en blanco.
Un estudio reciente de FLACSO y UBA profundiza en este «subsuelo afectivo» de la competencia política local, confirmando las hostilidades recíprocas entre los electorados de las principales coaliciones. Lo crucial es que el partidismo negativo, el rechazo al «otro», pesa más que la afinidad por lo «propio».
Esta asimetría emocional, donde la aversión es el motor, alinea a Argentina con dinámicas observadas en otras democracias y se vincula con el clivaje histórico peronismo vs. antiperonismo. Las emociones negativas se transforman en «megaidentidades» partidarias, aglutinando múltiples divisiones sociales en dos grandes constelaciones antagónicas.
Pese a este panorama desafiante, existen elementos que invitan a una cautela esperanzadora. Un reciente estudio del Observatorio Pulsar.UBA reveló que un alentador 70% de los argentinos responde con «convicciones y compromisos democráticos». La sociedad, en su mayoría, quiere democracia.
La doble amenaza de la polarización a la democracia
La polarización amenaza a la democracia desde dos frentes fundamentales. Primero, desde el punto de vista de la «tregua de clases», la democracia permite a los sectores de menores ingresos influir en la distribución del ingreso a cambio de aceptar un régimen capitalista. La polarización, al impulsar agrupaciones radicalizadas y apoyar ejecutivos autoritarios, quiebra esta tregua, dificultando políticas que promuevan la solidaridad y neutralicen el conflicto social.
Segundo, desde la perspectiva de la «protección de derechos», la democracia es un pilar del gobierno sujeto a leyes, garantizando que el poder estatal no vulnere prerrogativas y libertades fundamentales. La demonización de los antagonistas partidarios debilita la creencia de que el mayor riesgo es el «poder político desatado». El tribalismo o el apoyo incondicional a un líder exitoso fomentan la tolerancia a la violación de derechos de los oponentes y erosionan las garantías institucionales. La polarización fomenta la fidelidad incondicional de los aliados del gobierno y debilita la percepción de la arbitrariedad gubernamental como un riesgo generalizado. Paradójicamente, en entornos polarizados, los mecanismos electorales y la acción colectiva, que en condiciones normales sostienen las garantías legales, pueden convertirse en vehículos para su violación.
La pregunta urgente que se nos plantea es si nuestras democracias tienen la resiliencia necesaria para resistir este embate o si la amenaza se traducirá, finalmente, en una transformación fundamental y duradera. La historia, en este caso, nos ofrece menos respuestas que interrogantes.




