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Internacionales

Candidaturas testimoniales: el voto como carnada y la democracia en pausa

Los partidos reciclan las viejas trampas de postular figuras que no piensan asumir el cargo.

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Por Silvana Riñones (*)

Cuando la política se vuelve una puesta en escena y la boleta electoral, un cartel publicitario, es señal de que algo anda mal. De cara a las legislativas de 2025, la democracia argentina parece estar otra vez al borde de una sobreactuación: las candidaturas testimoniales regresan con nuevos rostros, pero el mismo guion de siempre.

En Buenos Aires y en todo el país, los partidos en carrera desempolvaron una vieja táctica: colar en las listas a figuras con renombre que, en realidad, no planean abandonar sus actuales cargos.

Exmandatarios, intendentes poderosos, figuras con arrastre territorial y apellido marketinero encabezan nóminas que no prometen representación, sino votos. Muchos ni siquiera disimulan. Saben que no asumirán, pero eso no parece importar. El mensaje es: “Votá por mí… aunque no me veas en la banca”.

Las candidaturas testimoniales son viejas trampas que debilitan la democracia.

El Congreso que se renovará este año tiene en juego un delicado equilibrio de poder. La Cámara de Diputados se prepara para reemplazar 127 bancas, el Senado, 24. En esa disputa, los partidos no dudan en poner toda su artillería simbólica para conservar espacios. Pero lo simbólico no es necesariamente lo ético. ¿En qué momento nos acostumbramos a ver la candidatura como una herramienta publicitaria y no como un compromiso real con la ciudadanía?

Este fenómeno no es nuevo. Su episodio más emblemático fue en 2009, cuando Daniel Scioli —entonces gobernador— y Sergio Massa —jefe de Gabinete— se postularon a diputados nacionales por el Frente Justicialista para la Victoria sin pensar, ni por asomo, en dejar sus cargos.

La jugada buscaba salvar la ropa de un oficialismo en crisis, tras el conflicto con el campo. El resultado fue una boleta llena de nombres con promesas vacías.

El desinterés de no asumir: ¿Y la justicia?

¿Y la justicia electoral? Optó por mirar para otro lado. Sostuvo que, sin pruebas concretas del “desinterés de asumir”, no podía actuar. Como si el electorado no mereciera mayor resguardo que el principio de literalidad legal. El voto disidente del juez Dalla Vía, que reclamó sentido común y ética, quedó como un grito en el desierto institucional.

La Corte Suprema, más preocupada por la calendarización que por la coherencia democrática, cerró el caso alegando que ya “era tarde”: las elecciones se habían realizado. Pero el verdadero problema no era el pasado, sino el futuro: la repetición de estas prácticas sin castigo ni reparación.

La ley 26.571 logró poner un freno parcial a las candidaturas múltiples, pero no erradicó las testimoniales. El vacío sigue allí, latente, a la espera de un nuevo ciclo electoral donde lo simbólico vuelva a reemplazar lo genuino. Mientras tanto, otras democracias de la región, como las de Colombia, Chile o México, avanzaron con límites constitucionales y prohibiciones claras: si estás en el poder, no podés jugar a dos puntas.

Aquí, en cambio, seguimos girando en la calesita de las candidaturas decorativas. Y cada vez que eso ocurre, la democracia se vuelve más teatro y menos realidad. El votante no es cliente de una campaña: es soberano. Y eso, aunque muchos lo olviden, aún debería importar.

Candidaturas testimoniales de ayer

Aunque con otras motivaciones y en contextos más oscuros, el peronismo ya había apelado a este tipo de fórmulas simbólicas. En 1962, con Perón exiliado en Madrid y el peronismo proscripto, se levantó en la provincia de Buenos Aires la fórmula Framini–Perón.

El objetivo no era sólo ganar: era desafiar. La fórmula fue rápidamente vetada por los militares, pero la campaña siguió con Marcos Anglada en lugar del líder justicialista. El grito “¡Framini, Anglada, Perón en la Rosada!” agitó al conurbano. Ganaron la elección… y Frondizi perdió la presidencia.

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Silvana Reñones es abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

Algo similar ocurrió en 1973 con “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. La fórmula del Frejuli, encabezada por el leal Héctor Cámpora, era apenas la antesala del verdadero retorno: Cámpora duró 49 días, el tiempo necesario para allanar el camino a la candidatura de Perón. Una vez más, lo testimonial se camuflaba como estrategia, pero representaba un ejercicio simbólico del poder, más que un compromiso institucional profundo.

¿Cuál es la diferencia con hoy? Que ahora ni siquiera hay una causa épica que lo justifique. Solo cálculo. Solo marketing. Y un electorado que —entre resignado y manipulado— es convocado a emitir un voto que puede no traducirse en representación, sino en utilería.

(*) Abogada neuquina y especialista en Derecho Electoral.

 

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