boca de pozo
Milei presentó la pomposa reforma de la carta orgánica del Central
El Gobierno también busca ponerle un grillete al gasto público.
Javier Milei usó ayer la cadena nacional para presentar lo que llamó «el conjunto de reformas estructurales más importante de los últimos 91 años»: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (BCRA). El proyecto ya está camino al Congreso. Para entenderlo hay que leer no solo lo que dice, sino lo que deja de decir —y a qué experiencia histórica se parece.
El núcleo del cambio es que el BCRA tendrá un único objetivo: preservar el valor de la moneda. La reforma de 2012 había incorporado funciones adicionales —estabilidad financiera, empleo, desarrollo económico, equidad social, supervisión del sistema de pagos—. El proyecto de Milei las elimina todas. Lo que el Gobierno presenta como simplificación técnica es también una decisión política de fondo: el Estado renuncia formalmente a usar la política monetaria como herramienta de desarrollo.
Así, el Central deja de ser un instrumento de gobierno. Según la ex presidenta del organismo Mercedes Marcó del Pont, «la independencia del Banco Central del poder político termina siendo dependencia de las corporaciones» que controlan los mercados financieros. Como el vacío no existe, la retirada del Estado supone el avance de otros actores.
El modelo que propone Milei tampoco es una rareza global positiva. El Centro de Economía Política Argentina (CEPA) señaló que la mayoría de los bancos centrales de economías capitalistas —incluidos Estados Unidos y Brasil— mantienen múltiples objetivos además de la estabilidad de precios. El esquema de objetivo único con autonomía institucional extrema tiene más semejanzas con Perú, donde la conducción del Central no cambió en dos décadas, al costo de una inestabilidad política permanente y una desigualdad creciente.
La referencia histórica más incómoda, sin embargo, es la convertibilidad local. El proyecto retrotrae la Carta Orgánica al texto de 1992, el de la era Menem-Cavallo.
Milei mencionó la salida de la convertibilidad como resultado de «malas políticas» de una dirigencia que buscaba recuperar privilegios. Omitió que la convertibilidad se derrumbó sola, con Cavallo de vuelta en el ministerio intentando salvarla.
El diputado Roberto Feletti fue directo: «Ese modelo monetario llevó, en el final, a una Argentina de economía del trueque, con emisión de cuasimonedas provinciales como respuesta a la falta de medios de pago».
Vale el dato de contexto: Federico Sturzenegger, hoy ministro y uno de los arquitectos de esta reforma, ocupó un cargo relevante junto a Cavallo durante ese año. Se retiró pocos días antes del derrumbe.
La prohibición de financiar al Tesoro y la eliminación de las letras intransferibles completan el cuadro. Marcó del Pont explicó qué se pierde: «Con la Carta Orgánica de 2012 pudimos lanzar la Línea de Inversión Productiva, que fijaba un cupo mínimo de créditos para pymes a tasas blandas. Con esta reforma eso no sería posible, como tampoco regular a los bancos y billeteras virtuales que cobran tasas altísimas». Sobre las letras intransferibles advirtió: «Hacia adelante hay buenas proyecciones de ingreso de dólares. ¿Por qué cambiarías deuda intraestado por deuda externa con un organismo internacional?».
El paquete no se agota en el Central. Milei anunció también el «grillete fiscal» —un mecanismo de shutdown automático si el Congreso no equilibra las cuentas— y dos proyectos para liberar el mercado de capitales y el sistema de seguros, en los que las propias compañías aseguradoras podrán lanzar productos sin autorización previa del Estado.
La arquitectura completa apunta en la misma dirección: achicar el margen de acción estatal y ampliar el de los actores financieros privados. Es coherente con la visión de Milei. También es coherente con la de Cavallo en 1991. La diferencia es que en ese momento todavía no sabíamos cómo terminaba.




