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Política

El Perdón, la Unidad y la contra revolución de la queja

Por Carlos Ceballos.

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Desde hace años en los argentinos viene creciendo la tendencia a la queja. Compañera de la indiferencia, no tiene prensa pero igualmente está alcanzando una magnitud no esperable entre nosotros.

No es solo la que se expresa individualmente o en un grupo de conocidos, que proviene de una molestia circunstancial o de un dolor físico o emocional —algo intimista podría decirse—, sino que a veces se viste de protesta social, moviliza y pretende constituir una conducta permanente. Una queja a la ofensiva, una actitud frente a la realidad.

Existe en nuestro cielo una nube de lamentos que, a pesar del sol, nos cubre a todos y que, si bien hay sectores que se destacan por su perseverancia, nadie está totalmente exento de colocarse debajo de ella huyendo de la luz. Esta oscuridad, donde la queja se cree combate, la ha puesto tan a la defensiva que lógicamente no puede vencer en ninguna disputa trascendente; su retraimiento le permite apenas ver lo próximo, lo inmediato, pura táctica. Mientras tanto, y como para demostrar su inutilidad, la Argentina navega sin conducción, sin rumbo.

En este cuadro ha surgido la “victimización”, aplicada por el otro o por sí mismo, utilizada preferentemente y con frecuencia por sectores, agrupaciones políticas, factores de presión o de poder que remiten a momentos en que la historia los ha lastimado, haciéndolos presentes en una síntesis multiuso: “la herencia recibida”.

Si pudiera llamarse “revolución” a lo producido por el actual “gobierno” nacional en el sistema de representación política y en las instituciones de la democracia liberal que sufrimos, buena parte de nuestra población le opondría la contra revolución de la queja, no pensando en combatirlo y desterrarlo sino más bien como un lamento que se busca transmitir o un intento de ganar una virtual discusión para demostrarse que seguimos en la resistencia.

La queja le pertenece a la víctima, y será herencia de otros, pero no siempre el victimario la obliga a colocarse en esa posición. Se puede ser víctima sin quejarse porque la vida es lucha y no necesariamente victoria, y finalmente el mérito no está tanto en ganar las batallas sino en enfrentarlas una y otra vez.

Sin embargo, nuestra gente, en porciones de magnitud, como eludiendo la pelea, está eligiendo la queja como método para “ir tirando”. “Estamos en la lucha” suele decirse grupalmente, poniéndole un tono que se supone agrega virulencia a la protesta, buscando de esta manera mayor eficacia en el encubrimiento de la propia queja individual, que cualquiera sea el ropaje que utilice no podrá evitar su condición individualista. Quejándose no es posible constituir una comunidad.

La queja, en tanto actitud defensiva, oculta y/o conforma a la conciencia acerca de la responsabilidad que nos cabe a cada uno en toda situación que se presenta, sea personal o colectiva, y apela para ello a magnificar el poder del adversario. Siempre en el comentario o en el análisis de un acto o información pone el acento en la fuerza del otro, exagerando su dimensión, destacando sus intenciones ofensivas hacia lo propio. Todo visto desde afuera, como en el cine, y aplicable a la escala completa de sus relaciones reales o virtuales, desde los precios que pone el almacenero de la esquina hasta las políticas imperiales de EE.UU. o de quien se trate.

La queja promueve un discernimiento que elige lo peor como mejor. Mejor para comentar y para transmitir, abandonando los aspectos favorables que pueda contener el dato analizado, y esto, a pesar suyo, va trasladando políticamente al portador del campo propio al del oponente que cree combatir.

En este punto de la cuestión hoy se debe reconocer que existen razones múltiples para la queja en esta decadencia en que hace décadas está sumergida nuestra patria: desde la situación mundial mostrando cómo el mal pretende conducir el planeta en toda la línea; la capacidad nuestra de generar una oligarquía cipaya del poder mundial; la indiferencia y hasta la misma queja. Incluso este escrito podría llegar a convertirse en una queja sobre la queja.

Pero no lo será si reconocemos también que, por decisión providencial, los argentinos hemos gozado de una distancia física suficiente como para estar alejados de los centros del poder del planeta, y esta distancia ha amortiguado y retardado los efectos que la modernidad de cuño anglosajón ha generado, destruyéndose a sí misma y permitiéndonos construir, en el retraso de su llegada, una cultura propia que sigue manifestándose de muchas maneras y mostrando que, aun debajo de la nube, conserva la luz que en forma de Cruz se plantó en su origen. Y esta es, afortunadamente, la contradicción principal que tiene la queja.

Y no claudicarán tampoco estas líneas si reconocemos que lo malo y lo bueno sale de nuestro corazón, y entonces no hay razón que justifique una epidemia quejosa que antes que nada pone la responsabilidad en los otros. Tampoco la hay porque nuestra patria se ha encontrado en otros muy graves momentos y no ha respondido de esta opaca manera que nos dice que estamos transitando un proceso de conversión de pueblo en masa, es decir, de convertirnos en un montón de individuos fácilmente manipulables (proceso avanzado se podría agregar: con sociología, IA o con el viejo dinero de siempre).

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Más allá de los matices en su intensidad, en el horizonte de la queja está el resentimiento. Cuando se alcanza este punto se ha instalado una herida en el espíritu que reacciona mediante el rencor, la angustia, el odio y la violencia, y con estas herramientas pudre el corazón del hombre y obnubila su inteligencia. La víctima se hace semejante al victimario, y en esta instancia se hace imprescindible, para sanar la situación, que el perdón esté antes que el psicoanalista, y aceptar con humildad que es el espíritu el que conduce al cuerpo y no al revés.

El perdón nos pondrá en una escala de ascenso y así, escalón tras escalón, recuperaremos la vertical: una posición afirmativa, responsable, valiente que nos devuelva la voluntad de vencer, para que frente a la realidad que demande nuestra opinión o nuestra acción, podamos apreciar las virtudes de lo propio y la verdadera dimensión de un enemigo pleno en flaquezas. Apreciar para resolver, no la contra revolución, sino la restauración de nuestros valores y principios, fundamentalmente cristianos y humanistas.

La posición defensiva de la queja quedará atrás, barrida por la asunción de la misión para con la familia y para con la patria que cada argentino bien nacido sienta que tiene que cumplir, y entonces la actitud combativa limpiará el cielo de nubes y reiniciará la lucha con una prédica doctrinaria, organizando comunitariamente las fuerzas disponibles y caminando sobre la ruta de la Unidad Nacional, que es la de la realización de la Argentina libre y justa que la desesperanzada humanidad está esperando.

«La Providencia ha querido que la Argentina surja en el seno de la humanidad con singularísimas calidades, únicas en el mundo, precisamente en el acabamiento de ese período. Me atrevo a pensar, en la extrema humildad de mi espíritu, recogido con emoción ante tantas posibilidades de grandeza, que la Argentina ha surgido así, cuando y como Dios los quiso, en el filo de una civilización que se va y otra que se siente venir, para cumplir el supremo, el sublime deber de salvar la verdad y la vida, contra el error y la injusticia, la perdición y la muerte.» José Luis Torres.

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