Política
El héroe, el símbolo* y la Unidad Nacional
En memoria del General Manuel Belgrano.
Por Carlos Cevallos.
“La unión es un valor inestimable en una nación para su general y particular felicidad;
todos sus individuos deben amarla de corazón y pensar y hablar de ella como de la égida
de su seguridad; cualesquiera que así lo ejecuten, no importa que le falten grandes recursos;
con la unión se sostendrá, con la unión será respetable; con ella al fin se engrandecerá”.2
Manuel Belgrano.
Recientemente la muerte del Papa Francisco y la repercusión mundial de la serie El Eternauta nos llevaron a los argentinos a recuperar el nosotros. Volvimos a ser Uno. Un todo, una Unidad que subyace por debajo de este espantoso momento que vivimos.
Si en el primer caso la manifestación fue a través del dolor por la pérdida de un hombre destacado, muy de los nuestros, que no acompañamos del todo, y a pesar de ello fue reconocido como autoridad en el mundo entero; en el segundo fue por medio del heroísmo de una resistencia muy nacional frente a un enemigo poderoso en donde el héroe siempre es un personaje antisistema (como lo fue Francisco), pues es aquel que se juega por su comunidad; y en este caso ambos, Papa y Eternauta, aparecen en medio de una batalla donde la estupidez individualista pretende eliminar todo signo de relación de amistad y fraternidad, dejándonos en una soledad tan absoluta como imposible.
El héroe colectivo que reivindica el discurso de la historia filmada expresa la lucha interior de cada hombre previa a la decisión del paso decisivo que no es necesariamente producto de su razón, en tanto que el que se juega por los otros aparece cuando se le incendia el corazón, sin contradecir de ninguna manera la necesidad de organizar un conjunto suficiente para resistir al enemigo.
Esta decisión personal de darse es una condición del corazón que impulsa una pasión tanto en el hombre virtuoso como en el miserable, ya que todos tenemos un poco de ambos rasgos. Por lo tanto, es una fuerza superior la que lo lleva hacia cierto destino. “Son las almas las que llevan al cuerpo y no al revés”; y en esa pasión desatada es la que puede alcanzar el fanatismo que proclamaba Eva Perón, que no es irracionalidad, sino heroísmo, amor extremo. Cruz.
Y es esta Cruz la que funda la Unidad, como en esos fugaces momentos en que vivimos constituyendo un Todo, y que puede encontrar sus orígenes en nuestra consciencia en los tiempos del Virreinato del Río de la Plata, en el paso de los siglos XVII y XVIII, momentos que provocaron en Manuel Belgrano, funcionario del Consulado de la Corona española, una reacción amarga y de enardecida indignación al ver a su patria sojuzgada por una invasión inglesa de apenas mil efectivos que tomaba la ciudad, y que lo impulsó a iniciar un rápido adiestramiento en el uso de las armas, asunto que desconocía, para ponerse al servicio de una nueva Causa.1
Decisión que prolongó al año siguiente y, frente a otra invasión pirata de mayor volumen, fue elegido para asumir puestos de responsabilidad militar, y a partir de ahí, mediante su esfuerzo y compromiso, alcanzó a ser General del Ejército del Norte y, en ese devenir, comprender la necesidad de contar con un símbolo que distinguiera esa nueva Unidad que se encontraba en proceso de formación.
Ese símbolo es nuestra Bandera Nacional, enarbolada por primera vez en 1812 y cuyos colores, según la versión de su hermano, Belgrano tomó de las cintas de la imagen de la Virgen de la Orden Carlos III, que él había colocado en el escudo del Consulado cuando fue nombrado Secretario.2
A pesar del rechazo que su iniciativa obtuvo de parte del gobierno central de Buenos Aires, Belgrano, después de la decisiva victoria de Tucumán —que adjudicó a la intervención de la Virgen de la Merced, en cuyo día se libró la batalla—, puso la Bandera a sus pies, le entregó el bastón de Generala del Ejército y la hizo bendecir por el Obispo de Salta, escenario de una nueva victoria militar.
El impacto causado por la primera invasión inglesa había modificado el rumbo de la vida que el ahora General se había trazado.
Desde aquella conmoción interior que en 1806 sacudiera al funcionario de un Consulado hasta la batalla de Salta pasaron solo once años, donde su lucha en la defensa de la frontera norte, su devoción mariana y su desobediencia a las arbitrarias indicaciones de gobiernos sin autoridad fueron los pasos necesarios en la creación de la Bandera Nacional, que no hemos arriado hasta el presente, más de dos siglos después.
Esta misma y única Bandera, símbolo de la Unidad de los argentinos, es la que casi no recordamos en la fecha de la muerte de su creador, que poco se luce en las solapas y en el frente de las casas. El rigor de la decadencia consumista que nos invade nos lleva a olvidar lo que debiera enorgullecernos a cambio de preocuparnos por los dólares que pueden ingresar gracias al turismo extranjero o el placer de pisar la nieve de la cordillera.
Es lógico entonces que, a pesar de tanta grandeza en los orígenes, haya una palabra que en su sentido nacional casi ha desaparecido de nuestro vocabulario y esta es Unidad, y como consecuencia ha desaparecido de nuestra práctica. Si no la hablamos no la practicamos. Por un lado, reducimos nuestro lenguaje y por el otro nos convertimos en una masa de individualistas fácilmente manipulables que no nos impide escuchar coros que reclaman múltiples unidades para una y otra elección.
Hace mucho tiempo que la Argentina es un Todo de a ratos, y no solo a causa de la renombrada grieta sino muy especialmente por la falta de orientación común acerca del camino que debemos tomar para avanzar en nuestra realización como Nación.
Hablar de orientación es referirse a la conducción, a los que supuestamente están a cargo de esa tarea y deben ejercerla para constituirse en dirigentes; pero estos, tanto los de la comúnmente llamada política, como los de cualquier otro sector que en otro momento supo tener representación, han caído en la tentación de dedicarse a salvaguardar sus posiciones personales o grupales, generando como lógica consecuencia una dispersión popular en la opinión y en la concepción de los problemas que nos sacuden desde hace décadas.
Por momentos, muchas veces imperceptibles, el pueblo argentino sigue manifestando su Unidad, en tanto conserva una identidad fácilmente identificable que suele expresarse en todo el mundo a partir de personas o de hechos particulares, pero que, inmersa en la situación presente, vive en un estado de casi permanente ocultamiento, reduciéndose a sus mínimas expresiones.
Una Unidad que se sostiene en la fe originaria y originante, se expresa en el lenguaje que tomó lo necesario de la lengua de los indígenas que habitaban estas tierras, y fuimos argentinizando con los que fueron arribando en un proceso de mestizaje permanente y una memoria agradecida con aquellos que, llegados desde lejos, comparten hoy también nuestros mismos héroes nacionales.
Las parciales expresiones que permiten estas circunstancias aparecen por entre las contradicciones y antagonismos tanto en las estructuras institucionales como en la base del pueblo. Orgánicamente las partes están lejos del Todo y no pueden acercarse cuando, a través de los “medios” y los partidos (con diversas intenciones), se aconseja el consenso como método para resolver estas distancias.
Y acá tropezamos con dos palabras que se han vuelto excluyentes: consenso y conducción. La primera, puesta en escena por el “Estado democrático”, a la que la dirigencia política se ha aferrado buscando ocultar su debilidad, propia de esta “sociedad líquida” y sus equívocos sobre el poder; mientras que la Conducción (persona u organismo) de una Unidad orgánica es la posibilidad de armonizar las partes que la componen, dirigiéndolas en la misma dirección, y es por ello el único punto donde la Unidad se hace realidad efectiva.
La Conducción-Unidad está entonces necesariamente colocada en una posición superior, no en virtud de su calidad humana —aunque también podría serlo—, sino porque estando más alto alcanza a ver una superficie mayor del campo de la historia donde se juega el destino del pueblo que conduce, y como en toda comunidad, su orgánica debe ser jerarquizada ya que el que ocupa un escalón superior puede desde ahí ver las diferencias y sintetizarlas.
Mientras la conducción, en sus distintos niveles, proviene del diálogo que se comporta como el combustible para la acción futura, el consenso genera la ronquera que produce la insistencia de los mismos dichos frente a oídos taponados por la cera de otros intereses que impiden emerger la humildad que acepte gustosamente la presencia de una palabra que lo supere. El debate que se promete como deber a cumplir convierte al consenso en un círculo fallido que no es posible completar.
La negación que todo el sistema institucional, sea nacional o mundial, pretende establecer sobre la Conducción apunta hacia el individualismo o, a lo sumo, a una reunión de individuos que utilizan una agrupación de cualquier orden para cobijarse dentro de ella, como refugio, ya que es imposible resistir en soledad la presión que el mismo sistema representa, y de esta manera a la vez aniquila toda posibilidad de conjunto para comprometerse en una idea superior.
Organizar comunidad y conducir es el camino que permite salir de esta encerrona. Un Ejército de militantes y una Bandera.
Parece apenas una consigna, pero ya lo hemos hecho otras veces, como entre otros lo hizo Manuel Belgrano, cuyas acciones constituyeron pasos insustituibles para nuestra formación como pueblo, para lo cual supo renunciar a su trabajo, su profesión, la vida civil que había elegido, y entregarse al servicio de la Patria que después se hizo Bandera para todos.
Tanto Belgrano, como el eterno Francisco y el Eternauta (nombre de ficción de muchos reales combatientes patriotas) fueron exponentes de una política, que en el territorio y el tiempo que la Historia les asignó, se propusieron la formación o reconstrucción de un Todo, conscientes de que éste es superior a la suma de las partes, y que es posible cuando el corazón hace propio el símbolo que expresa esa Unidad.
Esto es lo que la Patria está esperando de cada argentino: que incendie su corazón para crear el héroe colectivo que edifique la Unidad Nacional necesaria para la reconstrucción y liberación de la Argentina.
* Del griego sin = con, juntamente y ballein = lanzar, arrojar.
2 Artículo “Causas de la destrucción o de la conservación y engrandecimiento de las naciones”, publicado el 19 de mayo de 1810 en el diario Correo de Buenos Aires.




