boca de pozo
La Iglesia contra la IA
Ante el desembarco del poder digital de Silicon Valley en Argentina, la Iglesia Católica activa una contraofensiva ética global. La nueva encíclica de León XIV desafía la distopía desreguladora de la IA para resguardar la dignidad humana
El pasado 23 de abril de 2026, las alfombras rojas de la Casa Rosada sirvieron de escenario para un encuentro que sintetiza la encrucijada civilizatoria del siglo XXI. En estricto hermetismo, el presidente Javier Milei recibió a Peter Thiel, cofundador de PayPal, mentor de Palantir Technologies y uno de los cerebros financieros más influyentes de Silicon Valley. Esta visita —la tercera del magnate a Buenos Aires— consolidó la inserción material de una facción emergente en el bloque de poder nacional: el «círculo rojo digital».
Lejos de una tradicional búsqueda de inversiones, este entramado, articulado a través de terminales como la Fundación Endeavor y puentes diplomáticos como el embajador Alec Oxenford, busca operar una reconfiguración estructural: concebir a la Argentina como un laboratorio de desregulación absoluta, transformando al Estado en plataforma, a la sociedad en una cantera de datos explotables y a la soberanía en una variable subordinada a la acumulación global y a la economía de guerra contemporánea.

La traducción teórica de este desembarco corporativo circula con fuerza en las redes a través del manifiesto The Technological Republic, el reciente libro del CEO de Palantir, Alex Karp. En él se decreta el fin de la disuasión atómica tradicional y se postula un nuevo orden global regido por el «poder duro» del software y algoritmos capaces de automatizar la violencia en tiempo real. Para Palantir, la élite de la ingeniería tiene la «obligación afirmativa» de integrarse al aparato militar, clausurando cualquier debate ético o civil sobre las armas autónomas totales bajo la etiqueta de «discusión teatral». Bajo el pretexto de defender a Occidente, el manifiesto justifica el control social y la persecución algorítmica —como su plataforma de deportación masiva ImmigrationOS— argumentando de forma peligrosa que existen culturas «mediocres, regresivas y dañinas».
Frente a esta distopía posdemocrática que subordina las instituciones al lucro de los monopolios del código, la Iglesia Católica ha estructurado un contraataque ético de alcance global, cuyos cimientos fueron anticipados con precisión profética por el papa Francisco. Ya en Laudato si’ (2015), Francisco había denunciado el paradigma tecnocrático, advirtiendo que «la tecnología da a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad». Posteriormente, en Fratelli tutti y en sus históricos discursos ante el G7 y los Diálogos Minerva, el pontífice argentino dejó en claro que «ninguna máquina debería decidir jamás sobre la vida de un ser humano» y que no podemos permitir que los algoritmos excluyan la compasión ni reduzcan a las personas a meras categorías de exclusión o «muros digitales».
Este legado ético se consolidó de manera definitiva el lunes 25 de mayo de 2026, cuando el Vaticano presentó Magnifica humanitas («sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial»), la primera encíclica del papa León XIV. Firmado en conmemoración del 135.º aniversario de la histórica Rerum novarum de León XIII, el documento se planta como el reverso absoluto de la filosofía de Silicon Valley. El Pontífice advierte allí con firmeza que la tecnología no es neutra, ya que «asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza», lanzando un llamado urgente a «desarmar la IA» para arrancarla de la lógica competitiva militar, económica y cognitiva.
El texto de León XIV desarticula sistemáticamente los pilares del pensamiento de Thiel y la oligarquía algorítmica. Frente al elitismo tecnológico y las lógicas de exclusión, el Papa proclama que la dignidad de la persona no se adquiere ni necesita ser demostrada, y exige que la justicia social someta a control público el uso de los datos para que el criterio rector de la revolución digital no sea el lucro, sino el bien común.
La encíclica denuncia de forma directo las nuevas formas de esclavitud —como la explotación de los cuerpos en la extracción de minerales tecnológicos y tierras raras— y alerta sobre un «nuevo colonialismo» que convierte al entorno digital en un espacio de depredación de datos vitales de los pueblos de la periferia. Asimismo, León XIV sepulta la teoría de la «guerra justa» en la era digital: advierte que ningún algoritmo hace que la guerra sea moralmente aceptable y denuncia que la tecnología transforma la defensa en una mera «previsión operativa» que reduce a las víctimas a simples datos, acostumbrando a las sociedades a una violencia supuestamente inevitable.
Este choque de visiones tuvo una traducción dramática en la realidad local durante el Tedeum del 25 de Mayo en la Catedral Metropolitana. Ante la mirada directa del presidente Milei, el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge García Cuerva, expuso en su homilía el reverso material del proyecto de desregulación tecnocrática: una Argentina que sangra en la inequidad y la exclusión, fracturada por el dolor de la gente de a pie y el distanciamiento de quienes viven alejados de la realidad del supermercado o del transporte público.
En sintonía con las advertencias vaticanas sobre el riesgo de que las plataformas manipulen opiniones y generen conformismo a través de la «arquitectura de la visibilidad», García Cuerva alzó la voz contra la agresión constante y el «terrorismo de las redes» que erosiona el tejido comunitario. Frente al sismo de las urnas y la apatía participativa, el prelado aplicó el magisterio de la encíclica en el territorio: condenó las estafas electorales, llamó a frenar el odio y recuperó la exigencia del multilateralismo y el diálogo activo, recordando que en la construcción de una sociedad integrada nadie puede limitarse a ser un mero espectador de las luchas ajenas.
De este modo, la escena política argentina ha dejado delimitados sus dos vectores de futuro en una tensión fluida y directa. Por un lado, el esquema del círculo rojo digital reduce la nación a una plataforma proveedora de insumos críticos para el reordenamiento geopolítico del capital tecnológico, sacrificando la deliberación democrática y la dignidad humana en un proyecto excluyente gobernado por los monopolios del código. En el extremo opuesto, el modelo de la Iglesia Católica emerge para custodiar la vigencia de la comunidad organizada, la justicia social y la soberanía de los pueblos frente a la incertidumbre y el eficientismo corporativo.
Se trata de la opción decisiva entre edificar una nueva e impersonal torre de Babel tecnocrática gobernada por el poder de unos pocos, o sostener la primacía de la política, la fraternidad y la dignidad del trabajo para garantizar, como reclama de forma definitiva León XIV, que el progreso de la técnica no haga retroceder el corazón del ser humano.



