Internacionales
Crónica del entierro del Derecho Internacional
En 2026, el Derecho Internacional agoniza ante el «realismo salvaje». Desde el drama en Gaza hasta la presión sobre Venezuela y Groenlandia, la soberanía ya no es un derecho, sino una mercancía subastada bajo la ley del más fuerte.
En los despachos de las potencias que hoy cortan el bacalao, el Derecho Internacional ha pasado de ser el «Libro Sagrado» de la posguerra a una molesta sugerencia de etiqueta que se ignora en cuanto llega el plato principal.
Lo que estamos viendo en este arranque de 2026 no es una racha de mala suerte diplomática; es una demolición controlada. Gaza, Groenlandia y Venezuela —tres puntos del mapa que no podrían ser más distintos— se han convertido en los síntomas gemelos de un mundo donde la soberanía ya no se hereda ni se respeta: se subasta, se arrebata o se interviene.

La importancia del Derecho Internacional nunca fue una cuestión de romanticismo legal. Fue, ante todo, un invento de supervivencia. Tras la carnicería de la Segunda Guerra Mundial, el mundo entendió que sin reglas compartidas la única ley vigente es la del más fuerte. Esos tratados, hoy bajo ataque, fueron diseñados para que el poder tuviera un contrapeso y para que los Estados pequeños no fueran simples fichas en el tablero de los gigantes. Pero en 2026, ese seguro de vida global parece haber vencido.
Empecemos por el Mediterráneo. Gaza ya no es solo una tragedia humanitaria documentada hasta el hartazgo; es el monumento al fracaso del orden de 1945. Cuando la Corte Internacional de Justicia pide frenar un genocidio y la respuesta es más pólvora y menos ayuda, el mensaje para cualquier nación es devastador: si el «amigo americano» tiene el veto a mano, las leyes son para los demás. Gaza es la prueba de que, con el respaldo adecuado, se puede convertir un territorio en un agujero negro jurídico a plena vista del mundo, sin que se rinda una sola cuenta.
Pero la picardía geopolítica no entiende de ideologías, sino de negocios. La reciente movida de Washington sobre Venezuela —con la detención de Nicolás Maduro bajo la Operation Absolute Resolve— ha terminado de reventar las costuras del multilateralismo en nuestra región. Más allá de las deudas democráticas internas, la intervención unilateral de enero de 2026 abre un precedente peligroso: la soberanía de un Estado ahora depende de cuánto petróleo tenga y de cuán elástico sea el concepto de «seguridad nacional» para quien tiene los misiles.
La ley del más fuerte está desplazando al derecho, y Venezuela es el ejemplo de que hoy la justicia internacional se aplica de forma selectiva: se interviene cuando el interés estratégico brilla, pero se mira a otro lado cuando el aliado es el que infringe la norma.
Esa misma lógica del martillo hidráulico golpea en el Ártico. La insistencia por adquirir Groenlandia «de una forma u otra» es la versión 2.0 del imperialismo del siglo XIX. Amenazar a aliados como Dinamarca o Noruega con aranceles del 25% para forzar una venta territorial no es diplomacia; es una extorsión de manual. Mientras el deshielo deja al descubierto minerales de tierras raras, la soberanía danesa parece cotizar en la bolsa de valores. Si no vendes el patio trasero, te asfixio el comercio. Cortito y al pie.
Este revisionismo es una epidemia. En el Este, China juega al gato y al ratón con Taiwán mediante una «estrategia de zona gris» para asfixiar su independencia de facto sin disparar un solo misil. Es el mismo desprecio que muestra Rusia en Ucrania, donde las «líneas rojas» de la OTAN parecen pintadas con tiza bajo la lluvia.
Estamos entrando en la era del «realismo salvaje». Olviden los grandes tratados; ahora el mundo se fragmenta en bloques que parecen bandas de patio de colegio. El Este se alinea tras la chequera de Pekín, mientras el Oeste muta hacia una unión continental bajo el puño estadounidense. Europa, atrapada en medio, tendrá que decidir si sigue dando lecciones de moral que nadie escucha o si se sienta a negociar con una Rusia que está más que lista para cobrar el peaje de la interdependencia.
Para los palestinos, los venezolanos o los groenlandeses, la soberanía se ha vuelto un lujo impagable. El costo humano de esta reconfiguración es el «daño colateral» de un sistema donde el Derecho Internacional se ha vuelto una ficción.
Estamos ante un espejo roto: o intentamos pegar los pedazos de las normas comunes con algo más que retórica, o aceptamos que el siglo XXI será la jungla de siempre, pero con mejores armas y mucha menos vergüenza. El banquete está servido, y si no estás sentado a la mesa con un garrote, lo más probable es que estés en el menú.



