Internacionales
La guerra subterránea por minerales críticos: geopolítica y recursos
China y Estados Unidos compiten por minerales críticos mientras productores del Sur Global buscan mayor participación en el valor de sus…
La transición hacia energías limpias para cumplir con el Acuerdo de París y alcanzar la neutralidad carbónica en 2050 depende de forma crítica de minerales que durante milenios fueron escasos: el cobre es uno de ellos, fundamental para cualquier tecnología de generación y almacenamiento de energía renovable. Sin embargo, la carrera global por estos recursos ha generado una competencia feroz entre potencias que va mucho más allá de la geología.

China y Estados Unidos libran una batalla silenciosa pero decisiva por el control de los minerales críticos y sus cadenas de suministro. Esta pugna no es nueva en la política internacional, pero adquiere dimensiones inéditas cuando el futuro energético planetario depende de quién controle la extracción, el procesamiento y la distribución de estos recursos. La geografía de la riqueza mineral no coincide con la de las potencias industriales, lo que genera tensiones geopolíticas que trascienden los mercados de commodities.
Los países productores del Sur Global —aquellos que poseen las reservas más abundantes de cobre, litio, cobalto y otros minerales críticos— comienzan a cuestionar un modelo que los ha mantenido como simples extractores de materia prima. Aspiran a capturar una porción mayor del valor agregado de la cadena, en lugar de vender mineral bruto a precios internacionales que no reflejan su importancia estratégica. Esta reivindicación choca directamente con los intereses de las potencias que buscan asegurar suministros baratos y estables.
La historia del cobre ilustra esta dinámica: Chipre, donde floreció la civilización minoica, fue célebre en la Antigüedad precisamente por sus minas de este metal. Hace miles de años ya existía competencia por recursos minerales estratégicos. Hoy, esa competencia es global, acelerada por la urgencia climática y blindada por arsenales nucleares.
La paradoja es brutal: para abandonar los combustibles fósiles es necesario multiplicar la extracción de otros recursos naturales. Esto significa más minas, más impacto ambiental en territorios que frecuentemente albergan comunidades indígenas y poblaciones vulnerables, y más concentración de poder en manos de quienes controlen esas cadenas. La transición energética, lejos de ser un proceso limpio, reproduce las asimetrías del extractivismo tradicional bajo una nueva etiqueta.
Para América Latina, región que concentra reservas significativas de litio y cobre, esta guerra subterránea representa tanto una oportunidad como una trampa. El potencial de ingresos es real, pero solo si los gobiernos logran negociar desde una posición de fuerza, evitando que la urgencia climática global los presione a entregar recursos a cambio de promesas de desarrollo que raramente se cumplen. La historia de la región en materia de extractivismo ofrece pocas razones para el optimismo.
Mientras China y Estados Unidos disputan el control de las cadenas de suministro, los productores del Sur Global enfrentan una encrucijada: aceptar un rol subordinado en la economía de la transición energética, o construir capacidades de procesamiento y manufactura que les permitan capturar mayor valor. La respuesta que den en los próximos años determinará no solo quién se beneficia de la energía limpia, sino quién paga el costo ambiental y social de producirla.






