Política
La crisis textil ya golpea a marcas históricas y expone el costo industrial de la apertura importadora
La caída del consumo, los costos financieros y el avance de productos importados presionan sobre una cadena clave para el empleo fabril.
La industria textil argentina atraviesa una crisis que ya no puede leerse como una suma de problemas individuales. En los últimos meses, empresas históricas, fabricantes para grandes marcas, cadenas de indumentaria y plantas industriales recurrieron a concursos preventivos, reestructuraciones o cierres parciales, empujadas por una combinación cada vez más difícil de sostener: consumo interno deprimido, costos financieros altos y una aceleración de importaciones que desplaza a la producción nacional.
El fenómeno golpea a toda la cadena. Afecta a hilanderías, fabricantes de ropa interior, talleres que abastecían a marcas reconocidas, indumentaria infantil, firmas de ropa femenina y proyectos que apostaban a vender prendas producidas íntegramente en el país. La crisis textil aparece así como una de las caras más concretas del nuevo modelo económico: menos consumo, más apertura y una industria local obligada a competir contra precios internacionales que muchas empresas consideran imposibles de igualar.
Uno de los casos más resonantes relevado por el portal Infogremiales es el de A. Mutz y Cía., una textil con más de 120 años de historia y dueña de marcas como Zorba, Mercury y Mutz Sport. La firma ingresó en concurso preventivo tras reconocer cesación de pagos, deudas millonarias, cheques rechazados y un deterioro financiero agravado por la caída de ventas y el avance de importaciones.
Empresas que sobrevivieron a 2001, pero no al escenario actual
El caso de A. Mutz tiene un peso simbólico particular. Se trata de una compañía que había atravesado crisis históricas de la economía argentina, incluido el colapso de 2001, y que aun así logró sostener producción, marcas y presencia en el mercado. Sin embargo, el escenario actual terminó desbordando su estructura financiera.
En su presentación judicial, la firma apuntó a una combinación de factores: inflación, suba de tarifas, costos laborales, tasas financieras elevadas y una competencia importada creciente desde China, Brasil y Bangladesh. La empresa sostuvo que esos productos ingresan con valores que la producción local no puede igualar, en un mercado interno debilitado por la pérdida de poder adquisitivo.
La novedad no está sólo en que una empresa grande tenga dificultades, sino en el tipo de empresas que empiezan a caer. Ya no se trata únicamente de pequeños talleres o comercios con baja espalda financiera sino que la crisis alcanza a firmas con marcas instaladas, trayectoria industrial y redes comerciales consolidadas.
De fabricar para grandes marcas a quedar fuera del negocio
Otro caso que expone la profundidad del cambio es Fantome Group, una textil de Villa Devoto que llegó a fabricar prendas para marcas como Reebok, Kappa, Cheeky y Kevingston. La compañía entró en concurso preventivo tras denunciar una “competencia diabólica” vinculada con el avance de productos importados y la pérdida de clientes estratégicos.
El expediente de Fantome muestra un problema que preocupa a toda la cadena: muchas marcas que antes tercerizaban producción en talleres nacionales comenzaron a reemplazar esa fabricación local por importaciones directas. Ese movimiento no sólo afecta a una empresa puntual, sino que desarma una red productiva compuesta por talleres, proveedores, operarios, diseñadores, logística y servicios asociados.
En el mismo escenario aparecen Ted Bodin y Fantome como dos eslabones distintos golpeados por la misma dinámica: una firma de comercialización con locales y una fabricante para marcas reconocidas, ambas afectadas por la caída de ventas, la presión de costos y la competencia importada.
Marcas, locales y plantas con capacidad ociosa
La crisis también alcanzó a Textilana, la firma marplatense fabricante de Mauro Sergio, que se presentó en concurso después de suspender trabajadores. La situación expone el impacto sobre plantas con tradición industrial y empleo directo en ciudades donde la actividad textil forma parte del entramado productivo local.
En paralelo, Owoko, una cadena de indumentaria infantil con más de 20 años de historia, entró en concurso preventivo y comenzó a cerrar locales. El caso muestra que el deterioro no sólo se concentra en la etapa fabril, sino también en el canal comercial, donde la baja del consumo golpea con fuerza sobre alquileres, servicios, salarios y financiamiento.
El cuadro se completa con empresas como Textil Amesud, que reconoció operar apenas entre el 20% y el 30% de su capacidad instalada, niveles considerados inviables para sostener costos fijos. Cuando una fábrica trabaja tan por debajo de su capacidad, cada metro cuadrado, cada máquina parada y cada turno reducido se convierte en un costo difícil de absorber.




