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Neuquén

Tres voces que el terror no pudo silenciar

Un obispo que abrió las puertas de la Catedral la noche del golpe, y dos mujeres que pusieron el cuerpo —literalmente— frente a una dictadura que les había robado lo más valioso. Sus historias no son solo del pasado.

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Hay una provincia que aprendió a resistir. No desde los libros, sino desde las plazas, desde los pasillos de los juzgados, desde las rondas que se repiten cada tercer jueves del mes alrededor de un monumento. Neuquén tiene sus propios nombres grabados en esa historia, y tres de ellos merecen ser contados hoy, en el día que la Argentina eligió para no olvidar.

El 24 de marzo de 1976 no fue un día cualquiera. A las tres de la mañana, las Fuerzas Armadas interrumpieron el orden constitucional y se adueñaron del país. Lo que vino después está documentado, juzgado y condenado: 30.000 personas detenidas y desaparecidas, centros clandestinos de detención en cada rincón del territorio, un sistema organizado para borrar personas y, con ellas, ideas. La Patagonia no fue la excepción. Neuquén tampoco.

Pero en esta provincia pasó algo que vale la pena entender. Mientras el miedo paralizaba ciudades enteras, acá hubo voces que no bajaron el volumen. Voces que salieron a la calle cuando salir a la calle era jugarse la vida. Voces que se plantaron frente a militares, frente a jueces, frente a generales que caminaban por las veredas del centro como si nada. No eran superhéroes ni figuras sacadas de una película. Eran un cura, una madre, otra madre. Gente de carne y hueso que en algún momento tomó una decisión y no se echó atrás.

Uno es el de un hombre que llegó desde Buenos Aires sin conocer la Patagonia y se quedó para siempre. Los otros dos son los de mujeres que nunca quisieron ser heroínas, solo madres. Los tres terminaron siendo mucho más que eso. Y los tres merecen que hoy, 24 de marzo, sus nombres se pronuncien en voz alta.

Don Jaime: el obispo que esperó en la puerta

Jaime Francisco de Nevares fue el primer obispo de la diócesis de Neuquén. Nació en Buenos Aires en 1915, abogado de formación, se ordenó sacerdote salesiano en 1945 y en 1961 el papa Juan XXIII lo mandó a hacerse cargo de una diócesis nueva, en el sur, lejos de todo. Llegó sin conocer la Patagonia y encontró obreros, comunidades mapuches, migrantes, gente que nadie escuchaba demasiado. Y decidió quedarse con ellos, no encima de ellos.

En 1969 tomó parte en el conflicto de los obreros de El Chocón, que reclamaban condiciones laborales dignas. Se negó a bendecir la capilla local mientras existieran listas negras de trabajadores despedidos. Desde ese momento lo llamaron «el obispo de El Chocón».

Cuando el 24 de marzo de 1976 los militares tomaron el poder, Don Jaime no se escondió. La noche del golpe, ordenó dejar abiertas las puertas de la Catedral como posible refugio. Fue uno de los gestos más pequeños y más enormes de esos años. Después vinieron los más grandes: fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos en plena dictadura. Su diócesis sufrió allanamientos, amenazas, detenciones. Él siguió.

Hay una anécdota que lo define mejor que cualquier discurso. Enterado de que la esposa del dictador Videla estaba en Neuquén y visitaría la Catedral, De Nevares la esperó en la puerta. La acompañó al interior y a la salida le dijo: «Señora, hay muchas madres que no saben dónde están sus hijos». Ella respondió: «Yo sé dónde están los míos». Don Jaime le contestó: «Creí que hablaba con una madre», y se dio vuelta para irse. Cuando la mujer de Videla lo llamó, él respondió: «Ahora es tarde, señora», y se fue.

Con la vuelta de la democracia, fue convocado por el presidente Alfonsín para integrar la CONADEP, la comisión que investigó los crímenes de la dictadura y dio origen al Nunca Más. Falleció en 1995, en Neuquén, la ciudad que lo había adoptado y que nunca lo iba a olvidar.

Lolín e Inés: las que no se fueron

Dolores Noemí López Candán de Rigoni nació el 8 de mayo de 1925 en Buenos Aires y para la década del 60 se radicó con su familia en Neuquén. La historia de Lolín —como la llamaban todos, desde sus compañeras de lucha hasta los desconocidos en la plaza— cambió para siempre el 16 de abril de 1977, cuando su hijo Roberto «Champa» Rigoni fue secuestrado y asesinado por la dictadura.

«Roberto fue secuestrado en el 77, a los 23 años», recordaba Lolín, aunque siempre aclaraba que prefería no hablar demasiado de su propio caso, porque sostenía que la maternidad de las Madres era extensiva a todos. Eso la define: un dolor personal que ella decidió convertir en lucha colectiva.

Inés Rigo de Ragni conoció el mismo infierno por otro camino. Su hijo Oscar Ragni desapareció el 23 de diciembre de 1976, cuando salió de su casa en el barrio El Progreso. Estudiaba arquitectura en La Plata y estaba de vacaciones en Neuquén. Fue entregado por su primo, Roberto De Caso, quien se desempeñaba como personal civil de inteligencia. Navidades nunca volvieron a ser lo mismo para esa familia.

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Lolín Rigoni e Inés Ragni fueron parte del grupo fundacional de la delegación regional de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, junto a otras siete mujeres. La filial Neuquén y Alto Valle fue la primera de la Asociación a nivel nacional. Eso no es un dato menor: mientras en Buenos Aires recién se gestaba el movimiento, en Neuquén ya había mujeres organizadas, marchando, reclamando.

El 14 de agosto de 1980, frente a la Gobernación y bajo la mira de policías y militares armados, un pequeño grupo desplegó por primera vez una sábana con la inscripción «Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Familiares de detenidos y desaparecidos. Pedimos justicia». Era la primera vez en plena dictadura que un organismo de derechos humanos salía a la calle en la región. Entre las que estaban ese día, Lolín e Inés.

Décadas más tarde, cuando los juicios de lesa humanidad por fin llegaron, las dos siguieron ahí. En 2008, Inés siguió a un general por las calles de Neuquén desde las escalinatas del juzgado federal hasta su auto, con el dedo en alto y exigiendo a viva voz una respuesta que el militar devolvía con evasivas. Tenía más de 80 años y seguía corriendo a los represores por la calle. Lolín, por su parte, estuvo presente en la primera fila de los ocho juicios neuquinos que se desarrollaron entre 2008 y 2024, siempre con el pañuelo blanco.

Inés falleció en septiembre de 2024 a los 96 años, apenas 44 días después que su marido Oscar, con quien durante 47 años sostuvo la búsqueda de su hijo desaparecido. Lolín sobrevivió poco tiempo después: murió siendo la última Madre de Plaza de Mayo de Neuquén. Tenía casi 100 años y hasta los últimos meses seguía caminando la ronda, apoyándose en el brazo de alguien pero sin dejar de caminar.

Un obispo que dejó abierta una puerta. Dos madres que no cerraron la boca. Tres historias distintas que hablan de lo mismo: que hubo gente en esta provincia que, cuando el terror quiso que todos miraran para otro lado, eligió mirar de frente.

Hoy es 24 de marzo. Y ellos, de alguna manera, siguen presentes.

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