Política
Laura Pérez, la concejal que defiende la cultura y discute la forma de hacer política
En una extensa charla en el programa “Gente de Bien”, la concejal neuquina Laura Pérez repasó su infancia, su paso por la gestión cultural y su presente como única integrante del bloque Comunidad en el Concejo Deliberante. Habló de ferreterías, de universidades públicas, de orquestas y teatros, de la dificultad de acceder a información como oposición, de pactos de gobernabilidad y de su mirada sobre el gobierno nacional. Con humor y crudeza, definió a la política como un cruce de mezquindades y sueños, y adelantó que no planea renovar su banca.
La conversación comenzó lejos de la coyuntura: mates sobre la mesa, referencias espirituales y un juego de confesiones que la llevó a recordar que, de chica, su sueño era “ser mamá e ir a la peluquería”. Con el paso del tiempo, ese imaginario se transformó en otra clase de deseos: hoy se declara fanática de ferreterías y librerías, lugares donde se pierde clasificando tornillos y recorriendo góndolas, una imagen que usa como metáfora para pensar la diversidad humana y política. Esa obsesión por ordenar, por unir tuerca y tornillo adecuados, reaparece constantemente como figura de su forma de entender la gestión y los vínculos.

Pérez relató un trayecto formativo zigzagueante: terminó el secundario en Neuquén, intentó Diseño Industrial en Mendoza, cursó un año de Odontología truncado por los paros universitarios de los ’90, pasó por Diseño Gráfico y Bellas Artes, y recién a los 54 años se recibió de licenciada en Ciencias Políticas. Antes de todo eso, ya a los 12 años tenía título de profesora de piano y a los 19 era maestra de música en una escuela primaria, experiencia que describió como “muy compleja” para un perfil creativo y ecléctico que no encajaba en la rigidez del sistema educativo. Esa acumulación de carreras y ensayos vocacionales la llevó a reivindicar la universidad pública como espacio que cambia la vida y a asumir que necesita siempre un campo diverso para no aburrirse.
Su entrada al Estado llegó de la mano de la gestión cultural: primero desde un coro en el que conoció a Naldo Labrín, luego en el área de Cultura municipal a comienzos de los ’90, convocada para tareas de diseño gráfico y prensa. Allí descubrió la producción cultural pública, el trabajo horizontal entre quienes sabían y quienes aprendían, y la potencia del Estado como herramienta de bienestar general. Ese recorrido la llevó a preguntarse por qué la cultura nunca parece ser prioridad y a responder que, en parte, se debe a la propia esencia del sector: gente creativa, muchas veces en crisis, difícil de “encajar” en estructuras rígidas, y una confusión permanente entre talento artístico y capacidad de gestión. Para ella, no todo artista puede gestionar cultura ni todo gran productor necesita estar sobre el escenario.
Uno de los ejes más fuertes de la entrevista fue su distinción entre arte y cultura. Sostuvo que el fútbol es también una actividad cultural y que cultura es “todo lo que hace el ser humano”: desde cómo se toma el mate hasta la música que se escucha. Criticó la tendencia a medir el éxito solo en cantidad de público o taquilla, y defendió la necesidad de formar audiencias a largo plazo, poniendo como ejemplo la Orquesta Sinfónica de Neuquén —creada hace más de 20 años— y el trabajo de salas independientes como Atenea, que tardaron años en consolidar su público. También cuestionó el sesgo “europeísta” que desvaloriza a los artistas locales y reivindicó figuras neuquinas del cine argentino, como Aimara Rubera, vinculando esa defensa con el proyecto que presentó para declarar de interés el libro “50 mujeres del cine argentino”, donde aparece la realizadora nacida en Cutral Co.
Al pasar de la cultura a la política, Laura describió el desafío de ser bloque unipersonal en el Concejo Deliberante: no hay “día normal”, las comisiones ordenan la agenda pero todo lo demás se construye sobre demandas imprevistas, reuniones, invitaciones y gestiones para vecinos. Subrayó que gran parte de la deliberación real sucede en las comisiones, donde intenta llegar “casi convencida” de cómo va a votar en sesión, basada en la información que logra reunir con su equipo. Sin embargo, denunció que el acceso a la información es desigual: mientras concejales oficialistas se reúnen semanalmente con el Ejecutivo y conocen de antemano obras y proyectos, ella debe insistir decenas de veces para obtener datos que deberían ser públicos. Esa falta de transparencia, dice, triplica su trabajo y afecta la calidad del debate legislativo.
Pérez diferenció claramente el “pacto de gobernabilidad” entre Provincia y Municipio de la disciplina partidaria ciega. Para ella, quien gana gobierna y quien pierde acompaña, pero con sentido crítico y sin renunciar a marcar injusticias o contradicciones entre la norma y la práctica. Recordó que apoyó ordenanzas como la tarifaria o la regulación de showrooms y ferias en espacios privados, pero luego, al advertir los efectos concretos sobre productores culturales y comerciantes, reconoció públicamente que se había equivocado en parte de su interpretación técnica y pidió revisar las reglas. Esa experiencia la llevó a hablar del “mal menor”, de la necesidad de corregir daños no deseados y de la importancia de medir políticas no solo por el titular sino por su impacto en sectores específicos.
Hacia el final, la concejal se metió de lleno en el escenario nacional. Se definió “básicamente republicana”, rechazó la idea de un mapa político binario y dijo respetar la decisión ciudadana que llevó a Javier Milei a la presidencia, pero fue muy crítica con la negación de derechos y la desarticulación de políticas sociales. Llegó a caracterizar al perfil del gobierno nacional como un “golpe cívico” en clave de políticas públicas, por entender que desarma conquistas históricas vinculadas a géneros, violencias y derechos humanos. Al mismo tiempo, marcó que el gobernador Rolando Figueroa mantiene, por investidura, un respeto institucional hacia la Nación, y que recién en momentos electorales se verá con claridad la distancia o cercanía entre proyectos.
Cuando le preguntaron por su futuro, Laura Pérez fue tajante: cree en la renovación y no se ve buscando otro mandato como concejal. Sostuvo que la banca unipersonal exige estrategias de negociación complejas, que hay gente talentosa preparada para ocupar ese rol, y que la ciudadanía merece representantes capaces no solo de “hacer su mejor intento”, sino de lograr resultados concretos en términos de bienestar general. Se imagina regresando de lleno al área de Cultura —donde es planta permanente— con la experiencia legislativa y académica a cuestas, aportando desde la gestión y la planificación más que desde la rutina parlamentaria. Neuquén, cerró, para ella sigue siendo una palabra: esperanza.





