Política
Sobisch vuelve al ring para disputar la gobernación y recuperar el MPN
En una extensa entrevista en el programa Gente de Bien, Jorge Omar Sobisch mezcló memoria personal, anécdotas de poder y definiciones políticas para explicar por qué decidió volver a competir por la gobernación de Neuquén y disputar el futuro del MPN.
En una extensa charla con el programa “Gente de Bien”, Jorge Omar Sobisch mezcló memoria personal, anécdotas de poder y definiciones políticas para explicar por qué, a sus más de 80 años, decidió volver a la disputa por la gobernación de Neuquén. Tres veces gobernador y primer intendente de la capital tras la recuperación democrática, el histórico líder del Movimiento Popular Neuquino (MPN) se declaró dispuesto a competir en 2027 dentro del propio partido y a confrontar el modelo hegemónico que –según afirma– hoy lo subordina al proyecto de Rolando Figueroa.

En la entrevista, Sobisch reconstruyó sus orígenes lejos de los despachos oficiales: hijo de padres separados en una época en la que eso era un estigma social, pupilo en un colegio salesiano de Bahía Blanca y tipógrafo de oficio desde la adolescencia. Contó cómo el internado le dio disciplina y herramientas para trabajar, y cómo la imprenta –primero como empleado y luego como empresario gráfico– se convirtió en su base material y simbólica: “ponete un oficio en el bolsillo y recorrerás el mundo”, recordó, como síntesis de una vida en la que siempre tuvo un lugar al que volver fuera del Estado. Incluso hoy sigue al frente de la empresa que fundó hace más de 60 años con su hermano, orgulloso de haber vivido la transición desde las cajas de tipos móviles y las minervas de plomo hasta las máquinas de cuatro colores y el diseño digital, sin perder la cultura del trabajo artesanal.
La política, relató, llegó de la mano de su padre y del nacimiento del MPN. Su padre, peronista, fue uno de los fundadores del partido en tiempos de proscripción y le pidió que lo acompañara a la asamblea constitutiva en Zapala, cuando aún se debatía si la sigla sería “Movimiento Peronista Neuquino” o “Movimiento Popular Neuquino”. Sobisch tenía apenas 18 años y se asumió desde entonces como testigo privilegiado de esa fundación, más espectador que dirigente, pero ya imbuido de la lógica de un partido provincial nacido para defender los intereses de Neuquén. En la charla también repasó su salto a la dirigencia a través del Club Independiente, la propuesta de Felipe Sapag para que fuera candidato a intendente y el modo en que su bigote –nacido por cábala durante el embarazo de su primer hijo– terminó convertido en marca política y recurso gráfico central de sus campañas.
El exgobernador reivindicó una concepción del poder basada en la disciplina y la conducción política, modelada por figuras como el propio Felipe Sapag y, en el plano nacional, por líderes como Carlos Menem, a quien define como “un grande político” más allá de los juicios sobre su gestión. Recordó reuniones de gabinete a las siete de la mañana, el uso del traje y la corbata como señal de respeto hacia cualquier vecino que viajaba desde el interior con su mejor ropa para ver al gobernador, y la idea de que gobernar no es sólo firmar decretos sino interpretar a la gente y tomar decisiones en consecuencia. Para él, la verdadera prueba de un dirigente no está en los tiempos de bonanza, sino en la capacidad de sostener autoridad y respeto en medio de una crisis; por eso dice que al actual presidente nacional “todavía le falta pasar por una crisis” para demostrar si tiene espaldas políticas.
El núcleo más político de la entrevista apareció cuando explicó por qué decidió regresar al ruedo. Sobisch contó que pasó más de dos años en silencio, convencido de que quien deja un cargo debe ser respetuoso con sus sucesores y no dedicarse a “tirar piedras”. Pero dijo que ese silencio se rompió cuando vio que la conducción actual del MPN, llegada al poder partidario de la mano del gobierno provincial, adoptó un modelo hegemónico que renuncia a presentar candidato propio y se ordena detrás de la reelección de Figueroa. Frente a esa decisión, afirmó que el partido “no es sólo su Junta ni su Convención” y anunció que trabajará para que el MPN vuelva a competir en 2027. Ratificó que su camino es dentro del movimiento –“si no me cierran las puertas, voy a ser candidato por el MPN”–, descartó cualquier acuerdo orgánico con espacios como Cumplir y dijo sin rodeos: “si me votan, voy a ser gobernador”, con la intención explícita de ganarle a Figueroa por el margen que la sociedad disponga.
En cuanto a su propuesta de futuro, Sobisch la ancla en una lectura exigente del Neuquén petrolero. Plantea que la provincia ya no es sólo un territorio con petróleo, sino una provincia petrolera, atravesada por Vaca Muerta y por cifras de producción que colocan a Neuquén en el centro del mapa energético nacional. Por eso insiste en que los próximos treinta años deben servir para transformar los ingresos por regalías en escuelas, hospitales, complejos deportivos y culturales, tomando como referencia países petroleros que usaron bien su renta y evitando repetir modelos como el venezolano, donde la riqueza del subsuelo no se tradujo en bienestar social. Propone una negociación “dura” con cualquier gobierno nacional, sin importar su color político, para mejorar el precio de las regalías, y reivindica el rol estratégico de los sindicatos del sector energético, con quienes dice tener diálogo y a quienes considera piezas clave de cualquier esquema de desarrollo. Asegura que podría armar un gabinete “mañana mismo”, integrando técnicos en energía y viejos colaboradores suyos, algunos todavía dentro del Estado provincial.
Al hablar de lealtades, Sobisch marcó un límite: no espera fidelidad personal de quienes fueron parte de sus gobiernos, pero sí defiende la lealtad a las ideas y a la gestión mientras se ocupa un cargo. No se queja de quienes ya no lo miran, porque entiende que la política tiene ciclos y que el poder también castiga, pero sí se muestra crítico de un esquema en el que –a su juicio– la riqueza que entra a Neuquén “no derrama” de manera acorde en la vida cotidiana de la gente. Contrapone sus tres gestiones, donde reivindica récords de construcción de hospitales, escuelas y obra pública, con una actualidad provincial en la que percibe que la bonanza petrolera no se ve reflejada en los barrios ni en las ciudades. Por eso se presenta como “una realidad política para los que me quieren y para los que no me quieren”, convencido de que su experiencia y su capacidad de escuchar tanto a superiores como a subordinados todavía pueden servir para reordenar la mirada de gobierno sobre la sociedad.
La nota cerró con un perfil más íntimo. Sobisch se definió como un hombre disciplinado –que aún se levanta entre las seis y seis y media de la mañana para caminar cinco kilómetros–, un “cabezadura” según el diagnóstico de sus propios hijos, y un neuquino por elección que espera morir rodeado de amigos en la provincia que considera “todo” en su vida. Dijo que el cargo que más disfrutó no fue la gobernación, sino la presidencia del Club Independiente, por la posibilidad de convivir con el mundo del fútbol y el básquet, organizar torneos y sentarse en la mesa de decisiones de la AFA. Contó su relación con dirigentes sindicales y cooperativos como Carlos Quintriqueo y Marcelo Severini, a quienes valora como defensores del Neuquén profundo, y habló con emoción de Liliana, su esposa, “novia, madre de sus hijos y mujer que amó”, a quien definió simplemente como “todo”. Hincha de Boca, dueño de historias con técnicos xeneizes y con figuras como Jorge Asís, el “bigote” se muestra hoy como lo que siempre fue: un político de raza que vuelve a ofrecerse como intérprete del Neuquén petrolero, dispuesto a que la sociedad decida si quiere otra vez su estilo de conducción.





