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Abraham Accords: cómo intereses geopolíticos moldean alianzas en Medio Oriente
Los Acuerdos de Abraham muestran cómo gobiernos entrelazan identidad religiosa e intereses estratégicos para legitimar alianzas geopolíticas…
Los Acuerdos de Abraham, firmados entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Baréin bajo mediación estadounidense, representan un caso de estudio sobre cómo los intereses geopolíticos y las identidades nacionales moldean las alianzas en Medio Oriente. El nombre del tratado apela a una identidad religiosa compartida —la fe abrahámica— para presentar la normalización diplomática como un puente entre naciones, pero el análisis académico sugiere que los cálculos de poder y los intereses estratégicos son los verdaderos motores de estos acuerdos.

Según investigaciones sobre política exterior, la cuestión de si la diplomacia responde a intereses nacionales o a identidades colectivas no tiene una respuesta única. El enfoque neorrealista sostiene que el interés nacional es la variable principal que determina la política exterior, mientras que el constructivismo posiciona la identidad como un factor maestro en la construcción de esa política. En el caso de los Acuerdos de Abraham, ambas fuerzas operan simultáneamente: los gobiernos invocan la identidad religiosa compartida mientras persiguen objetivos de poder relativo en un sistema internacional anárquico.
El marco teórico que combina neorrealismo y constructivismo permite entender que la política exterior no es puramente racional ni puramente identitaria, sino que surge de la construcción social de los intereses nacionales. Los actores estatales —Estados Unidos, Israel y los emiratos— utilizan narrativas de identidad para legitimar decisiones que responden a cálculos estratégicos más profundos: contención regional, acceso a mercados, posicionamiento frente a potencias rivales y consolidación de influencia en el Golfo Pérsico.
La mediación estadounidense en estos acuerdos refleja su interés en mantener alianzas estratégicas en Medio Oriente, particularmente en contextos de rivalidad con otras potencias. Para Emiratos Árabes Unidos y Baréin, la normalización con Israel ofrece beneficios económicos y de seguridad. Para Israel, representa reconocimiento diplomático en una región históricamente hostil. Cada parte justifica su participación apelando a valores compartidos, pero los beneficios materiales —comercio, tecnología, garantías de seguridad— son los que sostienen el acuerdo.
Aunque los Acuerdos de Abraham no tienen un impacto directo en la política exterior argentina, reflejan dinámicas globales que afectan el orden internacional. La reconfiguración de alianzas en Medio Oriente influye en los precios de energía, en los flujos de inversión internacional y en la capacidad de potencias medianas como Estados Unidos para proyectar influencia. Para países como Argentina, estos cambios geopolíticos tienen consecuencias indirectas en acceso a financiamiento, comercio y estabilidad macroeconómica.
El análisis de estos acuerdos demuestra que la diplomacia contemporánea no opera en un vacío ideológico ni puramente material. Los gobiernos construyen narrativas de identidad —religiosa, cultural, civilizacional— para movilizar apoyo doméstico y legitimar decisiones que responden a intereses estratégicos. Los Acuerdos de Abraham son un ejemplo de cómo el lenguaje de la identidad abrahámica compartida sirve como herramienta política para avanzar objetivos de poder que, de otro modo, resultarían más difíciles de justificar públicamente.
El caso de estos acuerdos ilustra una verdad incómoda de la política internacional: los intereses y las identidades no son fuerzas opuestas sino complementarias. Los gobiernos no eligen entre una u otra, sino que las entrelazan estratégicamente. La normalización diplomática entre Israel y los emiratos fue presentada como un puente identitario, pero operó como un realineamiento de poder en una región donde la competencia por influencia nunca se detiene.





