Internacionales
Marruecos: disuasión y cooperación más allá de Ceuta
España debe combinar disuasión y cooperación para proteger Ceuta sin convertir a Marruecos en enemigo permanente.
España enfrenta el desafío de proteger Ceuta frente a posibles formas de coerción marroquí mediante una estrategia que combine disuasión militar con cooperación política, según analiza Luis Simón en un artículo publicado el 13 de octubre de 2026. El planteo central rechaza la acumulación de capacidades militares como única respuesta y propone, en cambio, preservar la libertad de acción española sin convertir la competencia con Marruecos en un conflicto permanente.

Cada crisis en la ciudad autónoma vuelve a exponer la misma pregunta de fondo: cómo debe España blindarse ante intentos de presión marroquí. La respuesta convencional —reforzar la presencia militar sobre el terreno— resulta insuficiente según el análisis. El verdadero desafío radica en construir una capacidad de disuasión que funcione sin necesidad de estar constantemente en estado de alerta máxima, lo que implica tanto poder defensivo como claridad estratégica sobre los límites que Madrid no está dispuesto a ceder.
El texto plantea una jerarquía clara entre ambas herramientas: la disuasión debe venir primero. España necesita asegurar que posee la capacidad real de proteger sus intereses en Ceuta antes de cualquier negociación o cooperación con Marruecos. Sin esa base de fortaleza, cualquier intento de diálogo corre el riesgo de interpretarse como debilidad, lo que podría invitar a nuevos intentos de coerción. La cooperación, entonces, solo funciona si ambas partes reconocen que el statu quo es costoso para ambas.
El dilema que enfrenta Madrid es evitar que la rivalidad con Marruecos se enquiste en una enemistad permanente. La competencia por influencia en el norte de África y el control de los estrechos es real, pero no tiene por qué derivar en un conflicto abierto. Sin embargo, esto requiere que España mantenga su libertad de acción: no puede permitir que Marruecos dicte los términos de la relación ni que logre mediante presión lo que no consigue mediante negociación.
La situación de Ceuta también ilustra las limitaciones de la diplomacia tradicional cuando existe una asimetría de poder o de voluntad política. Marruecos tiene incentivos para presionar sobre la ciudad porque genera dividendos domésticos y proyecta poder regional. España, por su parte, debe equilibrar la defensa de su territorio con la necesidad de mantener relaciones funcionales en una región estratégica. Ese equilibrio es frágil y requiere una estrategia coherente que no se improvise ante cada crisis.
El análisis de Simón sugiere que la solución no pasa por elegir entre disuasión o cooperación, sino por entender que son dos caras de la misma moneda. Una disuasión creíble facilita la cooperación; una cooperación que no se apoya en capacidad defensiva se convierte en capitulación. El desafío para España consiste en mantener ambas dimensiones activas sin que una socave a la otra, lo que exige claridad estratégica y consistencia en la ejecución.





