Internacionales
Venezuela: En las garras de Trump
Mientras Estados Unidos intensifica su presión militar sobre Venezuela, la paradoja se agudiza. El despliegue de buques de guerra y las acusaciones de narcotráfico contrastan con la renovación de la licencia a la petrolera Chevron.
En las últimas semanas, la tensión entre Estados Unidos y Venezuela ha escalado a niveles que no se veían en años. Con un despliegue militar sin precedentes en las aguas caribeñas y una recompensa millonaria por la captura del presidente Nicolás Maduro, la Casa Blanca parece decidida a usar “todo su poder” para frenar el narcotráfico. Pero esta escalada abrupta contrasta con una realidad incómoda y, para algunos, sospechosa: apenas unas semanas antes, Washington había renovado la licencia de la petrolera estadounidense Chevron para operar en el país sudamericano y había logrado un intercambio de prisioneros políticos.
Esta repentina volatilidad en la relación bilateral plantea una pregunta fundamental: ¿cuáles son las verdaderas intenciones de Estados Unidos? ¿Se trata de una genuina cruzada contra el narcotráfico o de una nueva táctica para desestabilizar al gobierno de Maduro?
La administración de Donald Trump, conocida por su postura de “máxima presión”, ha declarado públicamente que no reconoce a Maduro como el líder legítimo de Venezuela. A la par de esta retórica, se intensifican las acciones militares y las acusaciones de que el presidente venezolano es el líder de un cartel de drogas. Sin embargo, para los analistas más escépticos, esta narrativa resulta familiar. Como ha señalado el ministro de la Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, “al no existir argumentos, se inventan mentiras y se repiten para convertirlas en verdades, aunque no lo sean”.
La historia nos muestra que las relaciones entre ambos países han sido “esquizofrénicas”, una mezcla de confrontación ideológica y una profunda interdependencia económica, especialmente en el sector energético. Durante años, Venezuela ha sido un proveedor clave de petróleo para Estados Unidos. A pesar de la dura retórica anti-imperialista del chavismo, los lazos comerciales han sido, hasta hace poco, difíciles de romper. La reciente renovación de la licencia a Chevron es la prueba más clara de que, detrás del telón de la política, los intereses económicos siguen operando.
La disputa por el Esequibo: Un nuevo frente de tensión
La situación se complica aún más con la reciente escalada en la disputa territorial por la región del Esequibo entre Venezuela y Guyana. Este territorio, de 160.000 kilómetros cuadrados y rico en recursos naturales, ha sido objeto de una vieja disputa que se ha reavivado con la creciente presencia de la dictadura venezolana en el territorio. En este escenario, la posición de Trinidad y Tobago representa un cambio estratégico en el mapa de seguridad del Caribe. La primera ministra, Kamla Persad-Bissessar, ha declarado que su gobierno respaldará el despliegue de buques militares estadounidenses y permitirá a las fuerzas de EE. UU. operar desde suelo trinitense si Venezuela “ataca o invade territorio guyanés”.
Esta postura es un apoyo explícito a Guyana y a la estrategia de Washington en la región. El respaldo de Trinidad y Tobago no es aislado; Guyana, Surinam, Barbados y las Islas Turcas y Caicos también han mostrado interés en fortalecer la cooperación en seguridad frente al aumento de la violencia y la influencia de redes criminales, a las que se vincula al gobierno de Maduro a través del Cartel de los Soles.
Un juego de ajedrez geopolítico
El gobierno de Donald Trump ha intensificado su estrategia de «máxima presión» contra el régimen de Nicolás Maduro. Las medidas no son solo retóricas, sino que se han traducido en acciones concretas como una recompensa de 50 millones de dólares por la captura de Maduro, la inclusión del Tren de Aragua y el Cartel de los Soles en la lista de grupos terroristas, y un masivo despliegue de 4.000 marines y tres buques de guerra en el Caribe.
Según expertos como Ricardo Ferrer, director del centro de geopolítica de FREE, este despliegue tiene un doble objetivo. Por un lado, presionar a la cúpula chavista y, por otro, imposibilitar un posible intento de invasión a Guyana, un territorio que Venezuela ha reclamado históricamente y que el chavismo podría usar para avivar un espíritu nacionalista.
En respuesta, Maduro ha movilizado a 4.5 millones de milicianos y ha mostrado el músculo militar de Venezuela, que si bien cuenta con tanques y aviones de fabricación rusa, china e iraní, enfrenta una severa escasez de repuestos debido a la crisis económica y las sanciones. Esto ha llevado a la «canibalización» de su propio equipamiento, lo que pone en duda la verdadera capacidad de disuasión del régimen frente a la principal potencia militar del mundo.
En este contexto, la estrategia de Trump parece diseñada para quebrar las alianzas internas de Maduro. El caso de Hugo «el Pollo» Carvajal, exdirector de inteligencia militar extraditado y acusado de narcoterrorismo, sirve como un precedente de lo que Washington busca para la cúpula chavista. A medida que Estados Unidos mantiene su estrategia de presión, es de esperar que el régimen de Maduro continúe con movimientos disuasorios en la región y busque consolidar a su base.
En este juego de ajedrez geopolítico, los gestos rara vez son solo lo que parecen. La renovada licencia de Chevron nos recuerda que, más allá de la retórica política y las acusaciones, el petróleo sigue siendo el motor de las decisiones. Y mientras el conflicto se desarrolla en el plano militar y diplomático, los intereses económicos y estratégicos de las grandes potencias parecen estar, como siempre, en el centro de la jugada.






